sábado, 20 de octubre de 2007

Duro oficio el de escritor

La práctica totalidad de los diferentes colectivos profesionales se organizan de manera adecuada para defender así mejor sus derechos e intereses laborales. Esto que nos parece algo usual y necesario se convierte en una utopía dentro de ciertas profesiones liberales, en las que se tiende más hacia la consecución de logros o éxitos personales inmediatos que a planificar, a medio o largo plazo, mejoras que afecten a todos los colegas de profesión. Es el caso de los escritores. Si bien es cierto que muy pocos son los que logran vivir exclusivamente de su trabajo literario –a menudo deben alternar su vocación con otros menesteres menos satisfactorios y más lucrativos-, quienes logran alcanzar cotas de fama y, sobre todo, de rentabilidad económica suficientes procuran, lógicamente, mantener su estatus y suelen dejar de lado tareas altruistas en beneficio de los demás compañeros de letras.
Es decir, la profesión de escritor no es la más solidaria ni gremial o corporativista. Los momentos de gloria pueden ser efímeros y, en cambio, a diario es preciso asegurarse el sustento y cubrir las necesidades esenciales. ¡Como para andarse por las ramas o perder un segundo del escaso tiempo que tenemos para alcanzar la gloria!
No obstante, como cualquier persona y cualquier otro colectivo laboral, el escritor también sufre profundas contradicciones. No en vano, la bohemia surge dentro de ámbitos literarios y culturales adversos. Por tanto, cualquier escritor que se precie debe aparentar y mostrar un cierto interés por asuntos difíciles y complicados (las vulgarmente denominadas causas perdidas), especialmente por aquellos que consiguen un interés mediático y provocan una cierta zozobra social, aunque sólo sea por el atractivo literario y el juego que dan estos temas. En este sentido, lo más habitual ha sido la politización del mundo de la cultura y, por extensión, de los oficios literarios. De esta manera, es frecuente que grupos de escritores con cierto renombre aparezcan siempre al lado de planteamientos o partidos, de la tendencia que sean, para asegurarse el respaldo político necesario que posibilite su propia permanencia. Pero siempre como individuo o a lo sumo como grupo, no como colectivo, persiguiendo aspiraciones personales, para lo que pueden llegar incluso a presentarse, sin empacho alguno, como portavoces cualificados de todo el colectivo (sic).
Así pues, algunos escritores insignes se han mostrado al respetable como referentes, estandartes o reclutados de lujo para sus fines por una tendencia o partido político concreto y quienes han formado parte de su banderín de enganche se han beneficiado de las ventajas y prebendas que les ha suministrado dicha alianza, si ha conseguido el respaldo social mayoritario, o ha sufrido un cierto olvido, en caso de inclinarse, equivocadamente para sus intereses, por la apuesta política que no obtuvo el respaldo de la mayoría. Aunque siempre ha existido una cierta conmiseración entre los líderes literarios o culturales de las opciones o grupos más sobresalientes, lo que no suele ser extensible a la sufrida tropa derrotada.
En definitiva, que en vez de empeñarnos, quienes formamos parte del mundo de la cultura, en establecer sinergias y aunar empeños, solemos gustar más de formar parte de banderías enfrentadas. Y así nos va. Los menos logran cuajar una obra que les dignifique y un nombre con el que ser reconocidos dentro del panorama de la letra impresa. La mayoría, por el contrario, jamás logrará vivir de su vocación y en muchos casos quedarán relegados a ser recordados si acaso por sus familiares y amigos como simples aficionados a la escritura, que cultivaron con más o menos esmero y fortuna, pero sin solución de continuidad o de trascendencia.
La humildad es una buena compañera de viaje, ya que nos recordará que somos muchos los que anhelamos ocupar el reducido espacio que dedican los diccionarios ilustrados y enciclopedias a la Historia de la Literatura.
Duro trabajo el de escritor. Como para que encima venga algún desalmado a recordarnos que somos los responsables de que se talen indiscriminadamente las pocas zonas verdes que nos quedan en este viejo y pobre planeta, que cualquier día nos va a estallar entre los dedos. Y que por añadidura esos toscos troncos, convertidos en delicado y suave papel, convenientemente cosido y encuadernado, con portadas llamativas, sólo sirvan par adornar las estanterías de nuestros hogares y despachos, que también suelen ser de madera, y ni siquiera lleguen a ese único lector que justificaría nuestra vocación literaria.
Aún no nos hemos dado cuenta de que somos parte de un negocio que disfrazado de ocio se convierte en objeto de compraventa.
Si al menos nos organizásemos, quizá lograríamos que se nos respetase como colectivo. Y tal vez, sólo tal vez, aunque nos tildasen de corporativistas, seríamos menos vanidosos y más prácticos.

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