sábado, 20 de octubre de 2007

El Sebastianismo

La reciente publicación del El Rey Perdido. El linaje oculto de Don Sebastián, del escritor canario Emilio González Déniz, nos permite recordar una historia verídica que se presenta en forma de novela pero cuyo argumento central proviene de una documentación cierta y contrastada. El detonante de la narración es la leyenda que se urdió sobre el rey portugués Sebastián I, después de su derrota sobre la ardiente llanura de Alcazarquivir en el año 1578, cuando con un gran ejército pretendía realizar una gran cruzada por todo el norte de Africa hasta llegar a Jerusalén y así recuperar los Santos Lugares para la cristiandad. El pueblo portugués se negó a aceptar la muerte del rey, a pesar de que hubo un cadáver reconocido por los hidalgos que lo acompañaban, y que, después de una sepultura provisional en Ceuta, quedó definitivamente enterrado en el monasterio lisboeta de los Jerónimos de Belem.
Esta negación a aceptar la ausencia definitiva del rey dio lugar al Sebastianismo, una especie de locura mesiánica que hacía esperar el regreso del monarca para devolver a Portugal su pasada grandeza. Este fenómeno duró siglos, más allá de lo que puede esperarse en la vida de un hombre, e incluso se trasladó a Brasil, y finalmente viene a ser la expresión del descontento popular con la situación y el deseo de que alguien, de este mundo o del reino de lo difuso, acaudille la regeneración de un imperio que empezó a diluirse justamente el día de la derrota de Alcazarquivir. Intelectuales como el Padre Vieira dieron pábulo a que durante tres siglos el Sebastianismo permaneciera en la esperanza de un sector del pueblo portugués, y hasta Fernando Pessoa, en su libro Mensagem, establece una especie de idea sebastianista como metáfora de los ideales de Portugal.
El Sebastianismo no es una locura exclusiva de los portugueses, pues en la historia aparece en distintas épocas y lugares. Y esto da lugar a falsarios e impostores. La leyenda del Encubierto que quiere hacerse pasar por un gran personaje, generalmente muy deseado, es común a muchas culturas, como el que en las Germanías valencianas se dio a conocer como nieto de los
Reyes Católicos en armas contra Carlos V, su supuesto primo, y en la guerra de Las Alpujarras otro Encubierto trató de presentarse como Don Juan de Austria. La impostura de personajes se produce siempre en los momentos difíciles, y así ha habido quienes han pretendido acreditarse como heredero del los zares rusos, como hijo de Nerón en su disputa por la corona imperial romana o incluso como Jesucristo, asunto que enlaza con el milenarismo, que dice que un día Cristo volverá para reinar mil años antes del fin del mundo.
Con estos antecedentes, todos rigurosamente históricos, Emilio González Déniz deja que la ficción se deje llevar por sí misma y construye una novela que se estructura en distintas vertientes: por una parte, funciona como una historia de amor contrariado al uso, combinada con un cierto suspense que se crea nada más empezar al dar cuenta de un asesinato. Por otra, se mueve como una novela de reconstrucción documental, entre archivos, legajos, viajes a lugares donde puede haber datos y entrevistas con sabios, unos que son personajes conocidos y reales y otros imaginados, que conocen la leyenda de don Sebastián, el rey que es también llamado Encubierto en la Trovas supuestamente proféticas de Gonzalo Anes de Bandarra, un humilde zapatero portugués que hizo esas profecías antes de que naciera don Sebastián. Este rey Encubierto, que luego el pueblo identificará como don Sebastián, ha de volver, y si no es él será uno de sus descendientes, por lo que en esta línea de pensamiento irracional se desestima de plano la muerte del rey en la batalla de Alcazarquivir.
Y es de ahí de donde parte el novelista, dando espacio a la teoría de que el rey portugués no murió en Alcazarquivir, sino que consiguió huir a la isla de Gran Canaria y allí establecerse como Duque del Salitre y Conde de Mar Pequeña. Y este es otro juego que el autor nos propone, porque mientras el don Sebastián verdadero tenía que falsear su identidad por temor a su tío, el rey español Felipe II, ya entronizado también como rey de Portugal, hubo quienes trataron de presentarse como el rey perdido en Alcazarquivir, desde un tal Mateu Álvarez a un novicio de Alcobaza o un italiano llamado Marco Tulio Catizone. Hubo también impostores del rey don Sebastián en la literatura, como el Pastelero de Madrigal, que surgió de la pluma de Jerónimo de Cuéllar y que tuvo mucho éxito en el siglo XVII español. Y en este juego de identidades es donde encontramos a un Fernando Pessoa, que usaba heterónimos y ponía en tela de juicio la propia identidad del escritor y de cualquier ser humano.
La prosa de González Déniz es de una suprema eficacia. La información surge en cada uno de sus renglones, a veces en una sola palabra; esto, que pudiera parecer agobiante para el lector porque le cae encima una catarata de información, resulta por el contrario de un gran atractivo, porque el novelista maneja con excelencia esos mimbres de su prosa. Otra de las características de su escritura, y en esta novela se ve con palmaria claridad, es la precisión en el uso de la lengua, pues tiene muy claro que literariamente no tienen el mismo valor narrativo dos palabras que aparentemente significan lo mismo. Esta precisión, esta eficacia y este cuidado son tributarios de un texto que discurre diáfano y musical, con apariencia de sencillo. Logra la difícil sencillez.
Ojalá puedan disfrutar de ese don narrativo que llena las páginas de El Rey Perdido, donde la imaginación nos conduce sin tregua a distintos tiempos y distantes lugares, y tan cercano se nos hace lo que se nos cuenta que, al acabar la novela, aún sabiendo que es ficción, nos queda la duda de si no es tan real como la realidad misma.

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