sábado, 20 de octubre de 2007

Alma africana

He cruzado tus ríos,
atravesé la selva y la sabana,
sentí el aliento abrasador del desierto,
escuché el ronco latido
de tu corazón.
Pero desconozco el secreto
de tus fetiches,
no pude tomar asiento
en la Casa de la Palabra
ni transité las sendas
que serpentean entre plantaciones
de bananeros y de mangos,
caminos que conducen
al venerado bosque mágico,
donde vive el pequeño rey
que viste una larga túnica roja
y que, sin duda, conoce la verdad.

Aunque pase deprisa
a través de sus tierras
siento el alma africana latir
en la sombra de ceibas y baobabs
que encuentro a ambos lados
del camino, en la risa inocente
de los niños que me miran curiosos,
en la intimidad oculta
de las chozas de cada aldea,
tras las cercas de todos los poblados,
en el pausado caminar de sus habitantes.
El legado de los Antepasados se percibe
en el colorido y abundancia
de los campos, en el libre pastar de los rebaños,
en el torrente inesperado de sus aguas.
África orgullosa, mujer herida,
que continúa alimentando a sus hijos
aunque le falte el aire para respirar,
a pesar de que le nieguen
el derecho de sentirse libre.

He visto la puerta
por la que salieron
aquellos que nunca pudieron retornar.
Al atravesar esa arcada de piedra
dejaban para siempre
la tierra sagrada de sus mayores,
la libertad de sentirse
hombres y mujeres,
hijos del sol y de los ríos,
de la aldea y de su pueblo.

Negra memoria
de la memoria negra.
Herrumbrosos grilletes
que forjó el hombre blanco,
cicatrices del látigo mestizo,
negras heridas,
negro dolor,
dolor negro.

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