sábado, 20 de octubre de 2007

La dignidad y el coraje creativo de Buero Vallejo

En el presente año celebramos el nonagésimo aniversario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo. Casi un siglo de vida entregada al teatro. Porque, Buero Vallejo, es el creador que mejor representa el espíritu y devenir del teatro español del siglo XX.
Mi experiencia personal con el teatro de nuestro autor se remonta a comienzos de la década de los setenta. Como hijo del desarraigo, llegué a Madrid en 1971, en las últimas oleadas migratorias interiores. También Buero dejó su Guadalajara natal para venir a la capital, con la intención de completar su formación, y debió sentir sensaciones similares: la añoranza por la pérdida de las raíces naturales frente a la fascinación que provocaba la gran ciudad.
Fue en esa etapa de desconcierto vital, en el umbral de mi adolescencia, cuando descubrí Historia de una escalera. En esta obra vi reflejado mi mundo circundante y, lo que es más importante, muchos de los personajes de la obra tenían similitudes asombrosas con personas con las que convivía a diario. Inmediatamente después leí El tragaluz, una metáfora existencial representativa de mi estado anímico en esos tiempos. Porque todo parecía ocurrir a otro nivel, fuera del mundo de fantasía y ensueño que alimentaba con la literatura que absorbía sin desmayo, de continuo, para intentar compensar la pérdida de mi contexto rural, de mis gentes, de mi cosmogonía de la infancia. Estas obras me hicieron tomar conciencia de una sociedad que me excluía e invitaba al desaliento, de una nueva realidad.
Y, de esta manera, me aficioné a la lectura y escritura dramática así como a la magia de las representaciones teatrales. Recuerdo muy especialmente algunas puestas en escena de, por ejemplo, El concierto de San Ovidio y de La Fundación. Mis tímidas incursiones en el terreno de la actuación tuvieron lugar durante esa etapa vital.
Muchos años después, vinculado profesionalmente con el mundo universitario, llegué a coordinar y dirigir la Muestra de Teatro de los Colegios Mayores de Madrid, con más de treinta obras en cartel en cada convocatoria, la mayor de Europa, así como ayudé a poner en marcha la Muestra de Teatro Joven del Colegio Mayor “Nuestra Señora de África”. Y siempre, indefectiblemente, había obras de Buero Vallejo entre las seleccionadas por los universitarios para hacer sus adaptaciones. Eran representaciones tan frescas, preparadas con la máxima ilusión, con montajes y escenografías tan imaginativos, que devolvieron al teatro universitario a un lugar de privilegio, constatando la actualidad de muchas obras y autores injustamente olvidados. A reseñar una brillante puesta en escena de La tejedora de sueños que escribiera Buero medio siglo antes, pero que seguía retratando con gran acierto la problemática del hombre de nuestro tiempo. Él trató como nadie los temas más sangrantes, las cuestiones más áridas y difíciles, las contradicciones de la sociedad que cerró el milenio, la zozobra de nuestros congéneres. Buena muestra de ello es la obra La doble historia del doctor Valmy, que en breve veremos de nuevo representada en la V Muestra de Teatro de San Blas.
En definitiva, comparto similitudes con el gran dramaturgo que me enorgullecen y que no mencionaré por pudor. Mas sí quiero dejar constancia de mi gran admiración por la obra de Buero Vallejo, que comenzó a escribir al cumplir los treinta años y que culminó dibujando la historia española reciente, tras la etapa de la transición política, poniendo las bases sobre las que se apoya nuestro teatro actual. Una vida y una obra que, con sencillez y buen hacer, le han convertido en paradigma de dignidad, de ponderación, inteligencia y de talento creativo.
¡Arriba el telón! Don Antonio está en escena.

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