sábado, 20 de octubre de 2007

La importancia de llamarse Críspulo

No hace mucho, recibimos una carta que firmaba un tal Críspulo, sujeto oscuro, lacónico y leguleyo, quien no hace honor a la etimología de su nombre porque, de natural lacio, flojo y triste, no muestra crespitud alguna en sus gestos o esencia. Quizá por ello, el individuo en cuestión omite siempre firmar con su patronímico principal y se reconoce con mayor agrado en el secundario que adopta como único. Lo que nos demuestra la gran utilidad de tener varias onomásticas de las que echar mano cuando la necesidad o las circunstancias así lo requieran. Lástima que en el registro civil sólo permitan la inscripción de dos nombres propios como máximo.
Sacamos a colación al tal Críspulo porque en su misiva, que en otra ocasión analizaremos minuciosamente ya que no tiene desperdicio, censura con firmeza los hábitos culturales que nos llevan, de manera excesivamente preocupante, según él, a relacionarnos con poetas, escritores y personas afines.
Podemos entender que nuestra personalidad no sea del agrado de censores y demás personajes de talante autoritario y represivo o de perfil ideológico diferente al nuestro. Están en su derecho, al fin y al cabo, de tener un planteamiento estético determinado y una ética o moral distinta. Pero, hombre, Críspulo, qué le han hecho los pobres poetas y escritores para que tenga un concepto tan negativo de dichos colectivos, demonizando sin escrúpulos a quien mantiene una relación fluida y cordial con ellos. No desentierre usted, por Dios, los principios orgánicos de la implacable y denostada “santa” Inquisición, que ya fue convenientemente archivada en el triste intervalo histórico donde alcanzó su máximo esplendor la terrible e injustificable labor que desarrollaba. Deje que cada cual escriba lo que surja de su genio creativo y que los demás lo disfrutemos con fruición. No es menester que usted lea si no es de su agrado hacerlo. Pero no reproche a los pobres vates y otros habituales de la letra impresa que den testimonio del tiempo que nos ha correspondido vivir, que relativicen los problemas que nos agobian procurando arrancarnos una sonrisa de vez en cuando o, si fuese preciso, que transformen nuestra vacua alegría en llanto, para que no se nos apolillen los sentimientos y, lo que es más importante, que nos recuerden la necesidad de desarrollar la capacidad de autocrítica. No van a cambiar el mundo, ni tan siquiera el suyo, pero harán más llevadera y variada nuestra existencia. Y quién sabe, quizá termine encontrando, si intenta leerles, como hacen los políticos más sobresalientes y astutos, ese verso afilado con el que se le recuerde cuando ya no esté o descubra su mismísima historia reflejada en clave de cuento para deleite de quienes le conocieron y, por qué no, tal vez algún agudo crítico o estudioso escriba un ensayo sobre la importancia de llamarse Críspulo. De esta manera, al fin alguien dará la razón a sus padres por la brillante ocurrencia de otorgarle tan exclusivo nombre. Palabra de poeta.

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