sábado, 20 de octubre de 2007

La tristeza de Críspulo

Mi hijo acaba de cumplir un año de vida en esta triste primavera que no deja de llover. Nos chorrea por dentro el alma y por fuera parece que las calles manifiesten su anhelo por borrar toda huella de los lacerantes acontecimientos acaecidos en las últimas semanas. Y no se hartan de lluvia regeneradora y fría. Tanta muerte y tanta lluvia no son presentes que yo habría querido que tuviese mi hijo en su primer aniversario entre nosotros. Pero hay algunos acontecimientos que se nos imponen aunque nunca deseásemos compartirlos.
Por otro lado, cabizbajo y meditabundo está un tal Críspulo, en extremo aficionado a los pináculos e inauguraciones (de obras mayores y menores, de pantanos y servicios, de sedes, fundaciones, contubernios y empresas varias), porque no encuentra evento alguno digno de su rango y “oficio” que llevarse a la boca, que mordisquear siquiera. Le queda apenas algo más de un año para culminar su carrera de funcionario gris, que tanto echará en falta cuando pase a la reserva y comience a percibir del erario público las treinta monedas que se ha ganado con denuedo, y ahora resulta que anda disgustado por un quítame allá ese look de los nuevos tiempos que corren y atrás le dejan. Es posible que espere alguna llamada importante porque le percibo más atento que antes al sonido de su móvil. Incluso le ha cambiado la sintonía, por si acaso. Todos los que tienen o aspiran a tener cierto nivel político o funcionarial esperan estos días una llamada que les alegre la vida y les depare un sólido porvenir, aunque sólo sea a medio plazo. Por cierto, qué nivel habrá consolidado Críspulo. ¿Será un veintisiete menesteroso? ¿Quizá un hábil veintiocho? ¿Podría aspirar a un excelso treinta por los quehaceres de fontanería y despiece institucional realizados con implacable precisión de experto en alcantarillas, desguaces y otros lodos? Qué curiosa manera de medir la categoría personal y profesional del funcionariado. ¡Con siete años más de permanencia aspiraré a un veinticinco, sólo es cuestión de tener paciencia! ¡He consolidado un veintisiete, pero no tengo trabajo ni despacho adecuado a mi perfil! ¡Haría lo que fuese por alcanzar un veintiocho, pero nadie se fija en mí! ¡Lo hice porque me prometieron un treinta!
Así pues, Críspulo, el pobre, anda cariacontecido y apesadumbrado porque no recibe una llamada redentora. En cambio, mi tristeza se debe a que Sonia, una bella e inteligente joven de veintinueve años, sigue jugándole una dura partida a la parca en la UCI del Gregorio Marañón, que está situada en la planta baja porque el único nivel que se puede alcanzar en ella es una mínima cota de vida. Ha pasado de estado crítico a muy grave. Dicen que eso es bueno. Pero no termina de consolidar un nivel aceptable de esperanza.
Y mientras tanto, un Críspulo cualquiera está deprimido porque la situación actual le impide seguir alimentando sus anhelos de grandeza y quizá no pueda consolidar un nivel más en su carrera laboral. ¡Porca miseria!
Como sostiene un viejo amigo, experto en “crispulear” a malvados y ladinos personajillos, “Hasta que el perro no muera hay peligro de rabia”.Y también: “Yo no soy así, me han hecho”.
Que cada uno vaya donde le corresponda. No seré yo quien sentencie a nadie a su propio destino. Pero que el que ofenda, sufra; que el que mienta, pague; que el que mate, pene; que los críspulos consoliden su tristeza. Pero, sobre todo, que Sonia regrese pronto a su casa y que nuestros hijos hereden un mundo mejor.
Mientras, sobre el asfalto de Madrid no deja de llover…

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