miércoles, 24 de octubre de 2007

Lolita: Pasiones cruzadas



Recientemente, les decía a mis alumnos del Taller sobre “El lenguaje del cuerpo: comunicar, convencer y seducir” que Vladimir Nabokov y Stanley Kubrick consiguieron algo inusual en la historia de la literatura y del cine: que una novela imprescindible alcanzase el rango de película de referencia obligada. Bien es cierto que Nabokov fue también el guionista del filme. Pero que el término “lolita” aparezca actualmente recogido en los diccionarios como sinónimo de adolescente provocadora y de moral sexual libre es, en buena medida, debido a la gran difusión alcanzada por la Lolita de Kubrick, que mejora sensiblemente con los años, sin perder frescura ni originalidad. No olvidemos que este director intentó de nuevo llevar a la gran pantalla el tema de la obsesión sexual treinta y siete años después con Eyes Wide Shut, aunque con unos resultados muy inferiores a su primer ensayo con el largometraje que hemos seleccionado en el Taller como digno de aparecer en la nómina de los fundamentales de la Historia del Cine.
El éxito rotundo de la película está justificado, en buena medida, por el excelente reparto y la magnífica interpretación de algunos de sus protagonistas. James Mason en el papel de Humbert, el hombre maduro, enigmático, perverso, desconcertado, cínico y contradictorio, cegado por la lujuria y atormentado por unos celos que le dominan, hasta hacerle perder el control sobre la situación y, lo que es más importante, sobre su vida. Peter Sellers como el siniestro y camaleónico escritor y guionista, vividor, destructivo y villano, Quilty. Shelley Winters en el papel de la emotiva, apasionada, solitaria, desquiciada, “necesitada” y celosa madre, Charlotte Haze, que intenta a toda costa poner fin a su larga e insufrible viudedad. Y, completando este cuarteto de lujo, Sue Lyon, quien para siempre será la encarnación arquetípica de las quinceañeras fatales y seductoras que hacer caer rendidos a sus pies (tan bellos pies, por cierto, cuando Humbert pinta las pequeñas uñas, introduciendo algodones entre las comisuras de tan delicados y menudos dedos) a los hombres maduros que alientan una pasión desmedida y loca por la juventud perdida.
Pasiones cruzadas, aderezadas con el juego de la seducción, enraizadas en implacable lucha, para escapar de la más cruel realidad. Miradas e insinuaciones felinas, aterciopelada y suave piel de niña que intenta justificar la pedofilia como una enajenación mental perdonable por el sufrimiento que acarrea, incluso, a quien la padece.
Lolita es la historia de una desfloración espiritual, más que carnal, que convierte a la joven de edad imprecisa (en la novela tiene doce años y en la película aparenta algunos más) en una diosa caprichosa, supuestamente seducida por el controvertido profesor de francés, tornándose éste realmente en un muñeco de guiñol que ella mueve a su antojo, hasta doblegar por entero su voluntad. La eterna historia del cazador cazado. El cambio absoluto de roles como síntesis de una sociedad, la norteamericana de aquellos años, que comenzaba a perder sus inmutables referentes morales.
La gran difusión alcanzada por esta película no está en consonancia con la opinión de la crítica especializada que la tildó como “un buen intento”, discutible, desigual y mediocre adaptación en la filmografía de Kubrick.
Sin embargo, las críticas adversas no impidieron que Lolita pasara a formar parte del imaginario colectivo como el anuncio de una nueva etapa que cambiaría el modo de vida americano y, por extensión, del resto del mundo.
Siempre recordaremos a Humbert Humbert, ávido de amor, llorando sobre la revuelta y solitaria cama de la joven ninfa, mientras acaricia el aroma de su ausencia. Y, especialmente, nos recrearemos con el gesto pícaro y travieso de Lolita, acurrucada en los brazos de su enamorado, momentos antes de entregársele, al susurrarle: “Te voy a enseñar un juego que he aprendido este verano...”

No hay comentarios: