sábado, 20 de octubre de 2007

Una historia cualquiera

A principios de los setenta me alejé del pueblo extremeño donde nací, dejando entre sus calles, patios y rincones los recuerdos de mi niñez. Allí quedaron las historias fantásticas que me hicieron soñar: reiterativos cuentos que me narraba mi abuela junto a la lumbre y con los que, sin darse cuenta, me transmitía los valores que a ella le inculcaron con historias parecidas.
Sí, jugué con el fuego y con la tierra, las cosechas marcaron los ciclos de aquellos primeros años y los animales eran también mis amigos. Viví en contacto con la Naturaleza y creo que hasta fui feliz en mi inocencia.
Pero, los campos de mi infancia no estuvieron sabiamente abonados ni albergaron la mejor simiente. La escuela era habitualmente un lugar inhóspito, duro y frío. No tuve a mi disposición una nutrida biblioteca en la que zambullir mi fantasía y ni siquiera fui inducido a la lectura. No obstante, cuando en los cajones de las cómodas y arcones familiares aparecían viejos libros de texto, volúmenes de relatos o deteriorados poemarios, a saber de qué docto antepasado, me deleitaba con ellos durante horas, descifrando la magia de las historias que me descubrían y, sobre todo, soñando despierto con los ficticios mundos reflejados en los dibujos y grabados que ilustraban aquellas publicaciones.
Después vino la marcha, el viaje, el desarraigo, la pérdida de mi contexto rural y el fascinante descubrimiento de los atractivos de la gran ciudad. Fueron demasiados cambios en tan breve lapso de tiempo.
Así conocí la soledad y la añoranza. Días excesivamente largos, interminables semanas que imponían un nuevo ritmo en mi vida. El desgajamiento que produjo la emigración me impulsaba a buscar el complemento de ese otro yo en el hermano imaginario.
Me refugié en la lectura como método para combatir el desconcierto. Devoraba historias, normalmente de acción, que me suministraba por unas pocas pesetas, quizá reales, la señora del puesto de los tebeos. Buscaba afanoso en los montones de novelas y cómics los títulos más sugerentes, los personajes con los que identificarme, la compañía de mis noches y de tediosos fines de semana.
La adolescencia me obsequió con la poesía. Lecturas obligadas me hicieron descubrir a Bécquer, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón, Alberti, Lorca, Miguel Hernández y tantos otros. Estos autores me surtían de nueva materia existencial, de renovados sueños.
El primer poemario que adquirí por gusto en la Cuesta de Moyano llevaba por título Poemas de la consumación. Aún lo conservo, desencuadernado y con las hojas oscurecidas por el tiempo, pero con el mismo poder de seducción que antaño:
“La memoria de un hombre está en sus besos. / Pero nunca es verdad memoria extinta. / Contar la vida por los besos dados / no es alegre. Pero más triste es darlos sin memoria. / Por lo que un hombre hizo cuenta el tiempo. / Hacer es vivir más, o haber vivido, / o ir a vivir. Quien muere vive, y dura”.
Tras Vicente Aleixandre aparecieron los hermanos Machado, a don Antonio le conocí bien, aunque don Manuel no dejó de sorprenderme:
“En medio del vaho / de flores y aroma / de tu carne suave, / duermen en el cuarto / todos los colores... / Sólo vela el rojo / carmín de tus labios”.
Reiteradas lecturas de estos autores me ayudaron a emborronar algunas libretas con poemas ripiosos y mal hilvanados, con los que descargaba mis desvaríos e intentaba transmitir a una niña con trenzas mis alocados sentimientos, la más ferviente pasión.
Años más tarde descubrí a Luis Cernuda y, desde entonces, permanece conmigo:
“Adolescente fui en días idénticos a nubes, / Cosa grácil, visible por penumbra y reflejo, / Y extraño es, si ese recuerdo busco, / Que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy”.
Posteriormente vinieron Claudio Rodríguez, vistiendo su blanca camisa de domingo recién planchada, Ángel González, con el olor a tierra mojada inundando sus versos, Baudelaire, adornado con espinosas flores, Rimbaud, pletórico de genio creativo y de orgullo, Pedro Salinas:
“¿Cómo me vas a explicar, / dí, la dicha de esta tarde, / si no sabemos por qué / fue, ni cómo, ni de qué / ha sido, / si es pura dicha de nada?
Benedetti me ayudó a descubrir el sexo sin pudores y me mostró la ofensiva intransigencia de los otros:
“Una mujer desnuda y en lo oscuro / tiene una claridad que nos alumbra / de modo que si ocurre un desconsuelo / un apagón o una noche sin luna / es conveniente y hasta imprescindible / tener a mano una mujer desnuda”.
También estuvieron presentes Hierro, Celaya, Blas de Otero, César Vallejo, Jaime Gil de Biedma, Caballero Bonald, Brines, Félix Grande y Bousoño, entre otros.
Todos ellos me influyeron notablemente. Bebí sus versos, sin saciarme nunca del todo. A ellos sigo recurriendo, porque su poesía es manantial de vida. He destilado su obra para obtener un néctar puro y vitalizador del que se nutre mi poesía actual. Aderezo bebida tan embriagadora con los tiernos brotes de tomillo y de romero que crecen entre los arbustos de la poesía más joven. Con ellos continúo creciendo.
Debo reconocer que la poesía ha marcado mi vida. Las numerosas y variadas lecturas que he enumerado me han formado como persona y como poeta. Pero, indiscutiblemente, la auténtica culpable de mi singladura poética jamás escribió un libro. Se limitaba a mezclar desobedientes cabritillos y lobos hambrientos con hábiles sastrecillos y bellas princesas prometidas. Y, como conclusión, siempre me preguntaba: “Nieto, ¿de qué eres, de oro o de plata? ¿De oro como el moro o de plata como la gata?” Mi abuela Inés era pura poesía. Ella, que nunca leyó un libro, se convirtió, por derecho propio, en un personaje fundamental de mi historia, en libro de cabecera, en manual de consulta obligada.

2 comentarios:

Amor dijo...

tu abuela inés tenía el estilo de gloria fuertes en esos versos que citas

¡bienvenido al pano blog de la realidad! me alegro de corazón de que hayas entrado de mi mano

te abrazo inmenso, con el cariño de ya casi quince años de amistad, basilio

:-)

santi

Basilio Rodríguez Cañada dijo...

Amigo Santi:
Gracias por tu amistad.
Desde Moscú, recibe un fuerte y cariñoso abrazo virtual.

Basilio