martes, 30 de octubre de 2007

IV Premio Internacional de Poesía Rubén Darío


1. El PEN Club de España convoca el IV Premio Internacional de Poesía Rubén Darío, en el que podrán participar autores de cualquier edad y nacionalidad, excepto los ganadores de convocatorias anteriores.
2. Las obras presentadas deberán estar escritas en español, ser inéditas y no haber sido premiadas con anterioridad. Con libertad de rima, medida y tema, tendrán una extensión mínima de 500 versos.
3. Las obras se presentarán por triplicado, mecanografiadas a doble espacio y por una sola cara en formato folio, Din A4 o similar, cosidas o encuadernadas.
4. Se establece un premio consistente en 3.000 euros, antes de impuestos, en concepto de adelanto de derechos de autor, y en la publicación de la obra.
5. El IV Premio Internacional de Poesía Rubén Darío se adjudicará mediante el sistema de «plica cerrada». Los originales, en cuya portada aparecerá exclusivamente el título de la obra, deberán ir acompañados de una plica cerrada en cuyo anverso se encuentre ese mismo título. Esta plica contendrá los datos del concursante (nombre, apellidos, domicilio, teléfono, correo electrónico, etc.) acreditados mediante fotocopia del DNI o del pasaporte, así como un breve currículum vítae.
6. El plazo de admisión comenzará el 1 de octubre de 2007 y terminará a las 24.00 horas del día 1 de junio de 2008.
7. Las obras deberán ser remitidas por correo certificado o por mensajería al PEN Club de España, C/. Bravo Murillo, 123, 6.º D - 28020 Madrid. No se aceptarán originales por correo electrónico.
8. La organización designará los respectivos jurados. Su composición se dará a conocer al emitirse el fallo.
9. El jurado podrá conceder, si lo considerara oportuno, dos premios «ex aequo» o declarar el concurso desierto.
10. El fallo, que será inapelable, tendrá lugar en el mes de julio de 2008, y se dará a conocer a los medios de comunicación así como, de manera directa, a los participantes galardonados.
11. Los trabajos no premiados no se devolverán y serán destruidos en los 10 días posteriores al fallo de los jurados. No se mantendrá correspondencia con los autores.
12. La participación en esta convocatoria implica la total aceptación de sus bases. Los organizadores del concurso se reservan el derecho de interpretarlas ante cualquier duda que pudiera surgir.

Madrid, 1 de octubre de 2007

Escultura de Mayakovski



Con un día nuevo.

lunes, 29 de octubre de 2007

Otoño en Moscú


Café Bilingua


La resaca del vodka es suave,
no produce el terrible dolor de cabeza
típico de otros licores.
La mañana del sábado
amaneció soleada.
Pareciese que la ciudad
nos dedicara una cálida sonrisa
antes de vestirse
con los ropajes del invierno.
Los rayos de sol
reflejados en la mesa
del Café Bilingua
iluminaban la techumbre marrón
de la estancia.
También las punteras
de las botas de Vasia
lograban retener
algún haz de luz disperso.
Al final, Evgueni tendría razón
al afirmar
que nos había correspondido
un tiempo excelente.
En este garito de poetas
trasnochadores, de bohemios
modernos y atractivas camareras,
es posible reinventar el mundo,
cambiar el sentido de la historia.
Este es el reino pagano
de Svetlana, la sacerdotisa madre
de tan extraño templo.
Con su escotado y ceñido
vestido rojo oficia
entre las mesas,
hipnotizándonos a todos.
Caen las últimas hojas
de los árboles vecinos
mientras, despreocupados
de todo lo externo,
seguimos embriagándonos
con la poesía.

Definición musical de la Muerte



Silencio Prolongado Fortísimo

Prohibición que aparece en la puerta de la Casa Central de los Escritores de Moscú



Se le prohíbe a Kirakosián Jáchik Misakovich acceder a la Casa de los Escritores debido a su comportamiento incorrecto que desacredita al Club.

El Consejo del Club Casa de los Escritores

Anuncio en el metro de Moscú



Que sea fácil tu camino.

Tatiana



Para T. Pigariova

Era una mujer excepcional:
culta, experimentada, elegante,
multilingüe, moderna y atractiva.
Sus múltiples cualidades
se ponían de manifiesto
en los momentos adecuados.
Amiga cómplice de escritores,
eficaz gestora cultural,
infatigable rastreadora de historias,
inmejorable guía de su ciudad;
de espíritu viajero
y acertada intuición,
no solía perder la compostura
fácilmente ni desperdiciaba
sonrisas inútiles.
Perdida en las fronteras
de una edad indefinible,
vivía con intensidad
los instantes especiales
que le ofrecía la vida.
Gracias a ella descubrí,
entre otras muchas cosas,
los secretos del cementerio de Novodévichi,
los orígenes poéticos de Mayakovski
y las vivencias que alberga
la antigua Casa Central de Escritores,
reconvertida en uno de los más exclusivos
y caros restaurantes de Moscú;
también me narró,
con profusión de detalles,
las peculiaridades de la psicología rusa.
Disciplinada, inteligente,
enérgica, enigmática,
escrutadora y directa.
Si queréis encontrarla,
pensad en un lugar adecuado
para la cita (París, Estambul, Madrid)
y, aunque pronto lleguéis,
ella ya os estará esperando.

Moscú, 27 de octubre de 2007

miércoles, 24 de octubre de 2007

La tristeza de Vasia


Para Emilio, poeta y filósofo

Enfundada en altas botas
negras de piel con tacones,
se ceñía en un oscuro gabán,
como si quisiera esconder
todos los recodos de su cuerpo.
Sólo el rostro, de tez clara,
se asomaba al exterior.
Unos ojos vivísimos,
con la profundidad verdosa del mar,
y la larga cabellera rubia,
recogida con elástica disciplina.
Decía sentirse mal,
enfadada,
molesta,
triste...
enamorada.
¿Qué puedo inventar para ti?
Entonces, le narré
la historia que describe
la realidad
en tres planos
superpuestos:
el realismo cercano,
material, duro,
inanimado;
el nivel intermedio,
desde el que observamos
impasibles
nuestra propia actuación;
y el tercer campo
que encierra el sentido
bucólico
de nuestras vidas,
la irrealidad onírica,
la autenticidad de los deseos
y nuestra controversia vital.

Otoño en Moscú



Para Olesia Baykova y Olesia Vlasova

Me sorprende el otoño en Moscú.
Los árboles se tiñen de marrones
para anunciarnos el comienzo
de la nueva estación.
El día ha amanecido gris,
melancólico y frío;
el cielo huele a lluvia
y los cuervos y las palomas negras
sobrevuelan la ciudad.
Se percibe un olor
a añoranza
en todas las esquinas,
junto a estatuas ecuestres
de conquistadores
y a la sombra de orgullosos
poetas de antaño,
esculpidos en metal
y oscurecidos por el tiempo,
ignorados por el continuo
fluir de gentes,
que no les prestan
el más mínimo interés.
¡Si no estuvieran muertos,
deberían suicidarse!
La estridencia de los anuncios
del consumismo occidental
invade las grandes avenidas.
Las tiendas de moda
eclipsan templos ortodoxos
y monumentos oficiales.
El Moscova navega
distraído la ciudad,
sin detener su curso.
Sólo la excelsa belleza
de las mujeres moscovitas
resplandece
en mi largo paseo
de turista otoñal.

Lolita: Pasiones cruzadas



Recientemente, les decía a mis alumnos del Taller sobre “El lenguaje del cuerpo: comunicar, convencer y seducir” que Vladimir Nabokov y Stanley Kubrick consiguieron algo inusual en la historia de la literatura y del cine: que una novela imprescindible alcanzase el rango de película de referencia obligada. Bien es cierto que Nabokov fue también el guionista del filme. Pero que el término “lolita” aparezca actualmente recogido en los diccionarios como sinónimo de adolescente provocadora y de moral sexual libre es, en buena medida, debido a la gran difusión alcanzada por la Lolita de Kubrick, que mejora sensiblemente con los años, sin perder frescura ni originalidad. No olvidemos que este director intentó de nuevo llevar a la gran pantalla el tema de la obsesión sexual treinta y siete años después con Eyes Wide Shut, aunque con unos resultados muy inferiores a su primer ensayo con el largometraje que hemos seleccionado en el Taller como digno de aparecer en la nómina de los fundamentales de la Historia del Cine.
El éxito rotundo de la película está justificado, en buena medida, por el excelente reparto y la magnífica interpretación de algunos de sus protagonistas. James Mason en el papel de Humbert, el hombre maduro, enigmático, perverso, desconcertado, cínico y contradictorio, cegado por la lujuria y atormentado por unos celos que le dominan, hasta hacerle perder el control sobre la situación y, lo que es más importante, sobre su vida. Peter Sellers como el siniestro y camaleónico escritor y guionista, vividor, destructivo y villano, Quilty. Shelley Winters en el papel de la emotiva, apasionada, solitaria, desquiciada, “necesitada” y celosa madre, Charlotte Haze, que intenta a toda costa poner fin a su larga e insufrible viudedad. Y, completando este cuarteto de lujo, Sue Lyon, quien para siempre será la encarnación arquetípica de las quinceañeras fatales y seductoras que hacer caer rendidos a sus pies (tan bellos pies, por cierto, cuando Humbert pinta las pequeñas uñas, introduciendo algodones entre las comisuras de tan delicados y menudos dedos) a los hombres maduros que alientan una pasión desmedida y loca por la juventud perdida.
Pasiones cruzadas, aderezadas con el juego de la seducción, enraizadas en implacable lucha, para escapar de la más cruel realidad. Miradas e insinuaciones felinas, aterciopelada y suave piel de niña que intenta justificar la pedofilia como una enajenación mental perdonable por el sufrimiento que acarrea, incluso, a quien la padece.
Lolita es la historia de una desfloración espiritual, más que carnal, que convierte a la joven de edad imprecisa (en la novela tiene doce años y en la película aparenta algunos más) en una diosa caprichosa, supuestamente seducida por el controvertido profesor de francés, tornándose éste realmente en un muñeco de guiñol que ella mueve a su antojo, hasta doblegar por entero su voluntad. La eterna historia del cazador cazado. El cambio absoluto de roles como síntesis de una sociedad, la norteamericana de aquellos años, que comenzaba a perder sus inmutables referentes morales.
La gran difusión alcanzada por esta película no está en consonancia con la opinión de la crítica especializada que la tildó como “un buen intento”, discutible, desigual y mediocre adaptación en la filmografía de Kubrick.
Sin embargo, las críticas adversas no impidieron que Lolita pasara a formar parte del imaginario colectivo como el anuncio de una nueva etapa que cambiaría el modo de vida americano y, por extensión, del resto del mundo.
Siempre recordaremos a Humbert Humbert, ávido de amor, llorando sobre la revuelta y solitaria cama de la joven ninfa, mientras acaricia el aroma de su ausencia. Y, especialmente, nos recrearemos con el gesto pícaro y travieso de Lolita, acurrucada en los brazos de su enamorado, momentos antes de entregársele, al susurrarle: “Te voy a enseñar un juego que he aprendido este verano...”

martes, 23 de octubre de 2007

Matemáticamente infinita (prólogo al libro "Poemas del amor diverso" de Gloria Nistal)



L’Amor che mueve el sole e
l’altre stelle
Dante Alighieri

Comienzo este prólogo entre salas de espera y puertas de embarque, como si tuviese que recomenzar de continuo un viaje, quizá literario, o estuviera destinado a cambiar repetidamente de lugar y de punto de llegada. Es decir, estoy en camino (o en el camino) hacia un destino en verdad confuso.
Estas constantes partidas podrían representar, de manera metafórica, el afán del creador por encontrar su propia razón de ser y, en última instancia, de justificar la búsqueda personal en la que todos estamos inmersos.
Es ahí donde surge la voz propia –el grito a veces– que clama por obtener respuestas, interpelando a una supuesta providencia poética que debería atender nuestras súplicas y ofrecernos remedio para combatir la angustia vital que nos oprime el alma, que nos ahoga por momentos.
Así pues, en este constante nomadeo me hallo y en dichas circunstancias abordo la poesía de Gloria Nistal. Esperando, acaso, encontrar solución a tantos enigmas que nos circundan.
Entramos en pista para despegue. E iniciamos el vuelo:

A la altura de tu mirada me encaramo.

Acompañar a Gloria en su segunda travesía poética supone un ejercicio de transmutación, que nos encierra en un cuerpo y en un cerebro ajeno, haciéndonos sentir como propias experiencias, emociones y sentimientos que acontecen a nuestro hospitalario organismo poético receptor. De esta manera, no resulta difícil percibir, a través de la piel de Gloria Nistal, un conjunto de realidades y ensueños que no son usuales en nuestra habitual morada corpórea.
Es así como compartimos el amor, carnal, lúbrico, que estremece los versos de nuestra autora, casi desde el comienzo de la lectura, una sensación que emana a través de la poesía de Gloria y que termina apoderándose de la totalidad de nuestros sentidos.
Amor sin tapujos, con la fuerza de un oleaje brioso y la suavidad acariciadora de la espuma. Amor fluido, que se escapa entre los dedos y que intentamos retener cerrando las manos:

escribirte, recorrerte la piel y los latidos, acariciarte.

Amor anhelado que llega con la madurez. Porque sólo se añora lo que se pierde, aquello que nunca nos pertenecerá.
Los poemas que incluye este libro, ordenados alfabéticamente por las capitulares de sus primeros versos, fueron escritos entre 1992 y 2006. Etapa de pérdidas y cambios en la vida de su autora, que se traducen en una necesidad de comunicar, de contar mediante la creación escrita, de manera prolífica, aunque atesorada en morosa exclusividad hasta que se decide a publicarla casi una década y media después. Obra cuajada en sus diferentes lugares de residencia durante los citados años: España, Bélgica, Uruguay, Irlanda y Guinea Ecuatorial, a caballo entre tres continentes y con una cantidad ingente de kilómetros recorridos en su haber, para buscar o quizá para escapar de su propio destino. Y así, el índice de este poemario se convierte, como si de escritura automática se tratase, en improvisado cuaderno de bitácora, en resumida guía de viaje. De un viaje existencial y azaroso, repleto de sensaciones que contar y compartir.
Este libro encierra una hermosa historia de entregas y de amores posibles. Es un canto de liberación y de lucha. Pero también alberga, sencillamente, la voz poética de una mujer orgullosa de serlo, y al mostrarse como tal, sin fingimientos ni dudas, nos da una lección de autenticidad y de valentía.
La presencia constante del paisaje –el trópico o la ciudad, países exóticos o metrópolis europeas, lo mismo da– ofrece la escenografía perfecta a las emociones que se describen a lo largo de esta azarosa travesía sentimental y literaria de nuestra poeta. Pasando de la ensoñación a la realidad, traspasando límites, superando la propia realidad.
Puentes y pasadizos que conducen a las ansiadas entrañas del deseo, a espacios que se abren complacientes a la voluntad de quien los atraviesa.
El lenguaje y el estilo de la poesía de Gloria Nistal son eclécticos, precisos, eficaces y, en numerosas ocasiones, contundentes. Incluso cuando aborda el tema amoroso, la poeta se decanta por el término que pellizca o aprieta, que comprime o abofetea, que nos sacude siempre, en vez de decantarse por la palabra atenuada o amable.
Desfilan a lo largo de poemas, estrofas y versos –enlazados todos si bien podrían ser considerados de manera independiente, deslavazadamente incluso–, personas, personajes y dioses. La madre ausente, el Todopoderoso confidente, la espectadora que ver pasar su vida entre los créditos de sus películas preferidas, la amante que se afana por descubrir las fuentes del deseo, la niña sabia, la vieja inocente, la formulación imposible, la matemática del espejo, Borges, él, ella, los otros y el infinito repleto de oscuridad y estrellas que se agitan con leve temblor.
Y si nos obstinamos en dibujar el perfil poético de Gloria Nistal, terminaremos modelando un poliédrico rostro, de ángulos imposibles, que nos muestra a un ser multilingüe, iconográfico, mitológico, inclasificable, salvaje, repartido en alientos, conscientemente binario, aunque analógico, lógicamente borroso, insospechado, dual, desequilibrado, opulento, pródigo, iconoclasta y esencialmente pobre. En resumen, una persona matemáticamente infinita.
Por todo ello, avisado estás lector. No has de encontrar un camino fácil y cómodo si te adentras en la lectura de este libro. Muy al contrario, deberás levantar las piedras del camino, una a una, si deseas hallar las claves que te ayuden a desentrañar secretos y enigmas que encontrarás por doquier. Has de arriesgarte a formular hipótesis imposibles si acaso deseas encontrar una lógica razón de ser. Pero, sobre todo, debes borrar el disco duro de tus acomodadas circunstancias si optas por compartir sensaciones y vivencias que te muestren el mundo a través de la mirada de Gloria. Pasar del mundo de la luz delatora al mundo de la oscuridad cómplice.
Sombras entrelazadas. Sombras de los cuerpos que se unen con las sombras de las almas, buscándose en las noches sembradas de tristezas.
«Soy Sombra y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolomaïs y muy cerca de esas sombrías llanuras infernales que cercan el impuro lago de Caronte…!» De esta manera contesta la sombra, en la obra del mismo título de Poe, a quien el griego Oinos preguntó por su morada y su nombre. Y «el timbre de voz de la sombra no era el timbre de un solo individuo, sino de multitud de seres; y esta voz, variando sus inflexiones de sílaba en sílaba, resonaba confusamente en nuestros oídos; imitando los acentos conocidos y familiares de millares y millares de amigos desaparecidos…». Ecos similares encontramos en la poesía de Gloria Nistal.
Máximo D’Azeglio afirmaba que:

Amor es el intercambio de dos
fantasías y el contacto de dos egoísmos.

Es decir, una entrega imposible, dos polos destinados a atraerse eternamente, que jamás llegarán a fusionarse, produciendo el roce reiterado del hierro herido por el pedernal una lluvia incandescente de partículas que pueden tatuarnos la piel, aunque jamás alcanzarán nuestras vísceras.
Así pues, debes optar, lector. Elegir entre seguir el rumbo que te marque la brújula imantada que siempre señala el itinerario marcado, o bien dejarte seducir por las nuevas sendas que, a golpe de machete, desbroza para nosotros Gloria Nistal y que han de conducirte a recónditos lugares de belleza y sensualidad turbadoras, aunque no exentos de múltiples peligros que han de acecharte en cada recodo del camino que deberás recorrer.
En tus manos tienes la elección. Mas recuerda que sobre cobardes no hay nada escrito.

sábado, 20 de octubre de 2007

Congreso del PEN Internacional en Dakar

Del 4 al 11 de julio ha tenido lugar el 73.º Congreso del PEN Internacional, en Dakar (Senegal), convocado bajo el lema “La Palabra, el Mundo y los Valores Humanos”. Por segunda vez, en sus ochenta y seis años de historia, el PEN celebraba un evento mundial en el África Subsahariana. En la anterior ocasión fue a propuesta del premio Nobel de Literatura y presidente de Senegal, Léopold Sedar Senghor, en los albores de las independencias africanas, allá por la década de los sesenta.
El PEN acoge en la actualidad a más de quince mil escritores, pertenecientes a ciento cuarenta y cinco centros de ciento cuatro países diferentes. En el congreso de Dakar se han reunido varios centenares de escritores de más de cien países. Los temas de debate y las actividades organizadas han puesto de manifiesto la importancia de las nuevas promociones de escritores africanos, entre los que podríamos citar, a modo de ejemplo, a la gabonesa Justine Mintsa, a la guineana Koumanthio Zeinab Diallo, al gambiano Mamadou Tangara o al ghanés Atukwe Okay. También se leyeron textos de otros que no pudieron asistir, por estar privados de libertad o, sencillamente, porque fueron asesinados por escribir y mantener sus ideas.
Los delegados y participantes hicieron un homenaje en la isla de Gorée a todos los africanos que fueron trasterrados o asesinados por el vergonzante comercio esclavista:
He visto la puerta / por la que salieron / aquellos que nunca pudieron retornar. /
Al atravesar esa arcada de piedra / dejaban para siempre / la tierra sagrada de sus mayores, / la libertad de sentirse / hombres y mujeres, / hijos del sol y de los ríos, / de la aldea y de su pueblo. / Negra memoria / de la memoria negra. / Herrumbrosos grilletes / que forjó el hombre blanco, / cicatrices del látigo mestizo, / negras heridas, / negro dolor, / dolor negro.
Asimismo, los debates internos del PEN han posibilitado aprobar resoluciones para luchar contra las limitaciones al ejercicio de los derechos y libertades de los creadores en todo el mundo (se han considerado especialmente graves la conculcación de derechos de libre expresión y las detenciones de escritores en Afganistán, China, Cuba, Eritrea, Irán, Uzbequistán, Vietnam, etc.).
No quiero olvidar citar que el PEN de España entró a formar parte de la Comisión de Escritores por la Paz. Desde esta plataforma reforzaremos nuestro compromiso social con acciones concretas y participaremos más directamente en las campañas que promueve el PEN Internacional.
Por último, fueron aceptados los nuevos centros PEN de Somalia, Jordania e Iraq. La brillante intervención y las lágrimas de la delegada iraquí, al recordar a sus compañeros muertos o desaparecidos, tras ser aceptado su centro por aclamación de la asamblea, llegaron a conmover a una gran parte de los presentes.
Sin embargo, la prensa española no ha mostrado el más mínimo interés por este encuentro ni se ha hecho eco de lo que allí ha acontecido. Ya lo dijo el profesor Ferrán Iniesta, a principios de los noventa, África no interesa a Europa y menos a los españoles. Es simplemente el continente vecino que nos suministra mano de obra barata, cuyos hijos se desangran en guerras fratricidas promovidas por quienes desean obtener el control de sus casi inagotables materias primas, un destino turístico exótico y asequible o el punto de partida de infinitas barcazas, atestadas de hombres, mujeres y niños que sueñan con una vida mejor y que se juegan con el mar su incierto destino.
Desayunamos, comemos y cenamos con las pruebas de tanto infortunio, que ya ni siquiera nos conmueve la muerte o la desesperación de los miles de seres humanos que vemos agonizar, en directo, en las pantallas planas de nuestros televisores panorámicos. Para qué hablar de escritores africanos o de libertad de expresión.
El pasado año, el congreso anual del PEN tuvo lugar en Alemania. Huelga decir que todas las agencias y medios de comunicación del mundo derrocharon mares de tinta y se pudieron ver infinitas imágenes sobre ese acontecimiento, con polémicas, más o menos reales, servidas a la carta, como las mediáticas y rentables, desde el punto de vista editorial, confesiones sobre su pasado nazi de nuestro insigne colega del PEN alemán, Günter Grass.
Un buen amigo, excelente poeta, también del PEN, suele decir que los europeos tenemos un cierto complejo de culpa histórico que sólo aflora en ciertos momentos y contextos geográficos, porque resulta conveniente desde el punto de vista mediático. Va a tener razón el poeta y a lo peor resulta que tenemos una moral de doble filo, que por una parte corta, desinfecta y cauteriza ciertas heridas históricas, y por otra sólo enrabieta, enquista e infesta aquello que toca.
En 2008 el congreso mundial de escritores del PEN tendrá lugar en Iberoamérica, posiblemente en Bogotá (Colombia). Quizá allí se cubra mejor el evento, ¿quién sabe?
Para finalizar, es preciso dejar constancia que la delegación española se postuló para que Madrid fuese en 2010 sede del congreso mundial del PEN. El espíritu que ha de impulsarlo será el de la convivencia armónica, colaboración e intercambio fructífero entre lenguas, culturas y literaturas, como premisa imprescindible para el mejor desarrollo de la obra de los creadores a quienes representamos.
Por supuesto, esperamos que el Ayuntamiento de Madrid, una ciudad multicultural, abierta al mundo y acogedora, así como la Comunidad Autónoma de Madrid y el Ministerio de Cultura, ofrezcan las infraestructuras y medios necesarios para el buen desarrollo de una actividad con tanta trascendencia e importancia. El PEN Internacional nos exigirá las mejores condiciones de seguridad, difusión mediática y oferta cultural, así como óptimas posibilidades logísticas y organizativas, para un evento semejante.
Estamos seguros que las principales instituciones públicas y privadas españolas, así como los medios de comunicación social, mostrarán su decidido apoyo a la celebración de un congreso de tales características.
Veremos.

Alma africana

He cruzado tus ríos,
atravesé la selva y la sabana,
sentí el aliento abrasador del desierto,
escuché el ronco latido
de tu corazón.
Pero desconozco el secreto
de tus fetiches,
no pude tomar asiento
en la Casa de la Palabra
ni transité las sendas
que serpentean entre plantaciones
de bananeros y de mangos,
caminos que conducen
al venerado bosque mágico,
donde vive el pequeño rey
que viste una larga túnica roja
y que, sin duda, conoce la verdad.

Aunque pase deprisa
a través de sus tierras
siento el alma africana latir
en la sombra de ceibas y baobabs
que encuentro a ambos lados
del camino, en la risa inocente
de los niños que me miran curiosos,
en la intimidad oculta
de las chozas de cada aldea,
tras las cercas de todos los poblados,
en el pausado caminar de sus habitantes.
El legado de los Antepasados se percibe
en el colorido y abundancia
de los campos, en el libre pastar de los rebaños,
en el torrente inesperado de sus aguas.
África orgullosa, mujer herida,
que continúa alimentando a sus hijos
aunque le falte el aire para respirar,
a pesar de que le nieguen
el derecho de sentirse libre.

He visto la puerta
por la que salieron
aquellos que nunca pudieron retornar.
Al atravesar esa arcada de piedra
dejaban para siempre
la tierra sagrada de sus mayores,
la libertad de sentirse
hombres y mujeres,
hijos del sol y de los ríos,
de la aldea y de su pueblo.

Negra memoria
de la memoria negra.
Herrumbrosos grilletes
que forjó el hombre blanco,
cicatrices del látigo mestizo,
negras heridas,
negro dolor,
dolor negro.

El Sebastianismo

La reciente publicación del El Rey Perdido. El linaje oculto de Don Sebastián, del escritor canario Emilio González Déniz, nos permite recordar una historia verídica que se presenta en forma de novela pero cuyo argumento central proviene de una documentación cierta y contrastada. El detonante de la narración es la leyenda que se urdió sobre el rey portugués Sebastián I, después de su derrota sobre la ardiente llanura de Alcazarquivir en el año 1578, cuando con un gran ejército pretendía realizar una gran cruzada por todo el norte de Africa hasta llegar a Jerusalén y así recuperar los Santos Lugares para la cristiandad. El pueblo portugués se negó a aceptar la muerte del rey, a pesar de que hubo un cadáver reconocido por los hidalgos que lo acompañaban, y que, después de una sepultura provisional en Ceuta, quedó definitivamente enterrado en el monasterio lisboeta de los Jerónimos de Belem.
Esta negación a aceptar la ausencia definitiva del rey dio lugar al Sebastianismo, una especie de locura mesiánica que hacía esperar el regreso del monarca para devolver a Portugal su pasada grandeza. Este fenómeno duró siglos, más allá de lo que puede esperarse en la vida de un hombre, e incluso se trasladó a Brasil, y finalmente viene a ser la expresión del descontento popular con la situación y el deseo de que alguien, de este mundo o del reino de lo difuso, acaudille la regeneración de un imperio que empezó a diluirse justamente el día de la derrota de Alcazarquivir. Intelectuales como el Padre Vieira dieron pábulo a que durante tres siglos el Sebastianismo permaneciera en la esperanza de un sector del pueblo portugués, y hasta Fernando Pessoa, en su libro Mensagem, establece una especie de idea sebastianista como metáfora de los ideales de Portugal.
El Sebastianismo no es una locura exclusiva de los portugueses, pues en la historia aparece en distintas épocas y lugares. Y esto da lugar a falsarios e impostores. La leyenda del Encubierto que quiere hacerse pasar por un gran personaje, generalmente muy deseado, es común a muchas culturas, como el que en las Germanías valencianas se dio a conocer como nieto de los
Reyes Católicos en armas contra Carlos V, su supuesto primo, y en la guerra de Las Alpujarras otro Encubierto trató de presentarse como Don Juan de Austria. La impostura de personajes se produce siempre en los momentos difíciles, y así ha habido quienes han pretendido acreditarse como heredero del los zares rusos, como hijo de Nerón en su disputa por la corona imperial romana o incluso como Jesucristo, asunto que enlaza con el milenarismo, que dice que un día Cristo volverá para reinar mil años antes del fin del mundo.
Con estos antecedentes, todos rigurosamente históricos, Emilio González Déniz deja que la ficción se deje llevar por sí misma y construye una novela que se estructura en distintas vertientes: por una parte, funciona como una historia de amor contrariado al uso, combinada con un cierto suspense que se crea nada más empezar al dar cuenta de un asesinato. Por otra, se mueve como una novela de reconstrucción documental, entre archivos, legajos, viajes a lugares donde puede haber datos y entrevistas con sabios, unos que son personajes conocidos y reales y otros imaginados, que conocen la leyenda de don Sebastián, el rey que es también llamado Encubierto en la Trovas supuestamente proféticas de Gonzalo Anes de Bandarra, un humilde zapatero portugués que hizo esas profecías antes de que naciera don Sebastián. Este rey Encubierto, que luego el pueblo identificará como don Sebastián, ha de volver, y si no es él será uno de sus descendientes, por lo que en esta línea de pensamiento irracional se desestima de plano la muerte del rey en la batalla de Alcazarquivir.
Y es de ahí de donde parte el novelista, dando espacio a la teoría de que el rey portugués no murió en Alcazarquivir, sino que consiguió huir a la isla de Gran Canaria y allí establecerse como Duque del Salitre y Conde de Mar Pequeña. Y este es otro juego que el autor nos propone, porque mientras el don Sebastián verdadero tenía que falsear su identidad por temor a su tío, el rey español Felipe II, ya entronizado también como rey de Portugal, hubo quienes trataron de presentarse como el rey perdido en Alcazarquivir, desde un tal Mateu Álvarez a un novicio de Alcobaza o un italiano llamado Marco Tulio Catizone. Hubo también impostores del rey don Sebastián en la literatura, como el Pastelero de Madrigal, que surgió de la pluma de Jerónimo de Cuéllar y que tuvo mucho éxito en el siglo XVII español. Y en este juego de identidades es donde encontramos a un Fernando Pessoa, que usaba heterónimos y ponía en tela de juicio la propia identidad del escritor y de cualquier ser humano.
La prosa de González Déniz es de una suprema eficacia. La información surge en cada uno de sus renglones, a veces en una sola palabra; esto, que pudiera parecer agobiante para el lector porque le cae encima una catarata de información, resulta por el contrario de un gran atractivo, porque el novelista maneja con excelencia esos mimbres de su prosa. Otra de las características de su escritura, y en esta novela se ve con palmaria claridad, es la precisión en el uso de la lengua, pues tiene muy claro que literariamente no tienen el mismo valor narrativo dos palabras que aparentemente significan lo mismo. Esta precisión, esta eficacia y este cuidado son tributarios de un texto que discurre diáfano y musical, con apariencia de sencillo. Logra la difícil sencillez.
Ojalá puedan disfrutar de ese don narrativo que llena las páginas de El Rey Perdido, donde la imaginación nos conduce sin tregua a distintos tiempos y distantes lugares, y tan cercano se nos hace lo que se nos cuenta que, al acabar la novela, aún sabiendo que es ficción, nos queda la duda de si no es tan real como la realidad misma.

Culturas del Mediterráneo: conflicto y diálogo

Como profesor de Comunicación Oral y Escrita, procuro transmitir a mis alumnos universitarios el firme convencimiento de que intentar establecer todas las vías de comunicación posibles facilita siempre la resolución de conflictos y nos permite conocer mejor la naturaleza de los mismos.
En los últimos tiempos existe un marcado interés, por parte de algunos ideólogos, en establecer una barrera infranqueable en el espacio mediterráneo, que divida el sur musulmán o islámico (olvidando quizá que también existe un sur animista que fluye imparable hacia nuestro enclave cultural y geográfico) y el norte europeo cristiano. ¡Como si pudiésemos hablar de mundos o espacios estancos!
El entendimiento y la convivencia es una necesidad imperiosa, porque el sur ya se encuentra también en el norte, al igual que el norte tiene una presencia y un peso tal en el sur que condiciona su modus vivendi. En Madrid, la segunda lengua más hablada es el árabe. En Barcelona, la tercera, tras el castellano y el catalán. En todas las demás ciudades, y hasta en nuestras más pequeñas poblaciones, la presencia del magrebí, del subsahariano o del eslavo, entre otros, es fácilmente constatable. Por tanto, tenemos la necesidad de conocerles y la obligación moral de hacerles copartícipes de una sociedad que no les puede volver la cara. Asimismo, estos hijos del desarraigo también tienen la obligación de conocer y respetar el contexto cultural y social del que desean formar parte.
Los flujos migratorios masivos son un fenómeno relativamente reciente en la cuenca mediterránea, aunque con numerosos precedentes en la Historia, y es preciso establecer nuevos estilos y maneras de comunicarse en una sociedad multicultural y plurilingüe. Y a pesar de que a todos nos atañe la responsabilidad de conseguir estos fines, la escuela y la universidad tendrán una importancia primordial en el desarrollo y aplicación de nuevas pautas de convivencia y de comunicación inter e intraculturales.
El PEN Club Internacional, sociedad mundial de escritores que reúne en su seno a más de quince mil poetas, ensayistas, narradores, periodistas y editores, tiene como principal objetivo promover la cooperación intelectual y la tolerancia mutua entre los escritores para realzar el papel relevante de la literatura como transmisora de la memoria tangible e intangible de los pueblos y así defenderla ante las vicisitudes de la sociedad contemporánea. Pero dado el hecho de que estos fines implican una colaboración internacional que no puede darse sin la necesaria libertad de expresión, es preciso luchar enérgicamente contra la censura política y trabajar con eficacia para defender los derechos de los creadores que caen víctimas de las torturas, de los encarcelamientos o de los asesinatos, propios de las tiranías y las dictaduras.
Así pues, las distintas administraciones: central, autonómicas, locales, etc., al igual que las numerosas instituciones radicadas en nuestra sociedad, deben promover y organizar actividades que propicien el diálogo, el conocimiento y fortalecimiento de una identidad cultural común y el encuentro a través del arte, de la literatura y del análisis de los hechos sociales y científicos, en lugar de cerrar las puertas y las mentes subrayando elementos diferenciadores excluyentes, del tipo que fueren.
Por otro lado, si la tolerancia consiste en el respeto y aprecio de las diferentes culturas, es fundamental acceder a los textos y obras referenciales de los distintos pueblos y facilitar el trasvase y difusión de dichas manifestaciones culturales. Nuestra experiencia en el mundo editorial nos confirma que sí existen numerosos lectores ávidos de novedosas propuestas de temas, autores y obras literarias, que les permitan conocer más en profundidad el espacio y el tiempo histórico que compartimos, en el que nos hallamos inmersos, y que nos marca nuevos horizontes artísticos y literarios, a los que nos conduce el mestizaje e interacción cultural que ya caracteriza la etapa histórica que estamos viviendo.
Como creador, considero imprescindible el apoyo y solidaridad entre quienes tienen el poder de la palabra, legado que facilita la comunicación entre los pueblos así como el entendimiento y la concordia entre los hombres. En definitiva, entiendo la literatura como reto y compromiso que nos permita creer en un mundo mejor.
Nos encontramos en una situación geográfica estratégica y privilegiada, que nos convierte, lo queramos o no, en frontera y en puente entre continentes, civilizaciones y culturas. Tenemos, por tanto, la obligación de preservar y seguir favoreciendo nuestro pluralismo y diversidad para poder acuñar las actuales señas de identidad culturales e históricas de la cuenca mediterránea, en general, y del iberoafroamericanismo, en el caso particular de España. Porque es menester abandonar el enfoque cerrado y endogámico que a menudo nos guía, para poder vislumbrar la difusión y trascendencia que nos ofrece el camino del diálogo en un marco internacional, más amplio y universalista, fuera de nuestro gueto mediterráneo. Sólo de esta manera, lograremos que el Mare Nostrum se torne en un contexto humano, civilizador y cultural que contribuya eficazmente a la tan propugnada Alianza de Civilizaciones. Que así sea.

La dignidad y el coraje creativo de Buero Vallejo

En el presente año celebramos el nonagésimo aniversario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo. Casi un siglo de vida entregada al teatro. Porque, Buero Vallejo, es el creador que mejor representa el espíritu y devenir del teatro español del siglo XX.
Mi experiencia personal con el teatro de nuestro autor se remonta a comienzos de la década de los setenta. Como hijo del desarraigo, llegué a Madrid en 1971, en las últimas oleadas migratorias interiores. También Buero dejó su Guadalajara natal para venir a la capital, con la intención de completar su formación, y debió sentir sensaciones similares: la añoranza por la pérdida de las raíces naturales frente a la fascinación que provocaba la gran ciudad.
Fue en esa etapa de desconcierto vital, en el umbral de mi adolescencia, cuando descubrí Historia de una escalera. En esta obra vi reflejado mi mundo circundante y, lo que es más importante, muchos de los personajes de la obra tenían similitudes asombrosas con personas con las que convivía a diario. Inmediatamente después leí El tragaluz, una metáfora existencial representativa de mi estado anímico en esos tiempos. Porque todo parecía ocurrir a otro nivel, fuera del mundo de fantasía y ensueño que alimentaba con la literatura que absorbía sin desmayo, de continuo, para intentar compensar la pérdida de mi contexto rural, de mis gentes, de mi cosmogonía de la infancia. Estas obras me hicieron tomar conciencia de una sociedad que me excluía e invitaba al desaliento, de una nueva realidad.
Y, de esta manera, me aficioné a la lectura y escritura dramática así como a la magia de las representaciones teatrales. Recuerdo muy especialmente algunas puestas en escena de, por ejemplo, El concierto de San Ovidio y de La Fundación. Mis tímidas incursiones en el terreno de la actuación tuvieron lugar durante esa etapa vital.
Muchos años después, vinculado profesionalmente con el mundo universitario, llegué a coordinar y dirigir la Muestra de Teatro de los Colegios Mayores de Madrid, con más de treinta obras en cartel en cada convocatoria, la mayor de Europa, así como ayudé a poner en marcha la Muestra de Teatro Joven del Colegio Mayor “Nuestra Señora de África”. Y siempre, indefectiblemente, había obras de Buero Vallejo entre las seleccionadas por los universitarios para hacer sus adaptaciones. Eran representaciones tan frescas, preparadas con la máxima ilusión, con montajes y escenografías tan imaginativos, que devolvieron al teatro universitario a un lugar de privilegio, constatando la actualidad de muchas obras y autores injustamente olvidados. A reseñar una brillante puesta en escena de La tejedora de sueños que escribiera Buero medio siglo antes, pero que seguía retratando con gran acierto la problemática del hombre de nuestro tiempo. Él trató como nadie los temas más sangrantes, las cuestiones más áridas y difíciles, las contradicciones de la sociedad que cerró el milenio, la zozobra de nuestros congéneres. Buena muestra de ello es la obra La doble historia del doctor Valmy, que en breve veremos de nuevo representada en la V Muestra de Teatro de San Blas.
En definitiva, comparto similitudes con el gran dramaturgo que me enorgullecen y que no mencionaré por pudor. Mas sí quiero dejar constancia de mi gran admiración por la obra de Buero Vallejo, que comenzó a escribir al cumplir los treinta años y que culminó dibujando la historia española reciente, tras la etapa de la transición política, poniendo las bases sobre las que se apoya nuestro teatro actual. Una vida y una obra que, con sencillez y buen hacer, le han convertido en paradigma de dignidad, de ponderación, inteligencia y de talento creativo.
¡Arriba el telón! Don Antonio está en escena.

Duro oficio el de escritor

La práctica totalidad de los diferentes colectivos profesionales se organizan de manera adecuada para defender así mejor sus derechos e intereses laborales. Esto que nos parece algo usual y necesario se convierte en una utopía dentro de ciertas profesiones liberales, en las que se tiende más hacia la consecución de logros o éxitos personales inmediatos que a planificar, a medio o largo plazo, mejoras que afecten a todos los colegas de profesión. Es el caso de los escritores. Si bien es cierto que muy pocos son los que logran vivir exclusivamente de su trabajo literario –a menudo deben alternar su vocación con otros menesteres menos satisfactorios y más lucrativos-, quienes logran alcanzar cotas de fama y, sobre todo, de rentabilidad económica suficientes procuran, lógicamente, mantener su estatus y suelen dejar de lado tareas altruistas en beneficio de los demás compañeros de letras.
Es decir, la profesión de escritor no es la más solidaria ni gremial o corporativista. Los momentos de gloria pueden ser efímeros y, en cambio, a diario es preciso asegurarse el sustento y cubrir las necesidades esenciales. ¡Como para andarse por las ramas o perder un segundo del escaso tiempo que tenemos para alcanzar la gloria!
No obstante, como cualquier persona y cualquier otro colectivo laboral, el escritor también sufre profundas contradicciones. No en vano, la bohemia surge dentro de ámbitos literarios y culturales adversos. Por tanto, cualquier escritor que se precie debe aparentar y mostrar un cierto interés por asuntos difíciles y complicados (las vulgarmente denominadas causas perdidas), especialmente por aquellos que consiguen un interés mediático y provocan una cierta zozobra social, aunque sólo sea por el atractivo literario y el juego que dan estos temas. En este sentido, lo más habitual ha sido la politización del mundo de la cultura y, por extensión, de los oficios literarios. De esta manera, es frecuente que grupos de escritores con cierto renombre aparezcan siempre al lado de planteamientos o partidos, de la tendencia que sean, para asegurarse el respaldo político necesario que posibilite su propia permanencia. Pero siempre como individuo o a lo sumo como grupo, no como colectivo, persiguiendo aspiraciones personales, para lo que pueden llegar incluso a presentarse, sin empacho alguno, como portavoces cualificados de todo el colectivo (sic).
Así pues, algunos escritores insignes se han mostrado al respetable como referentes, estandartes o reclutados de lujo para sus fines por una tendencia o partido político concreto y quienes han formado parte de su banderín de enganche se han beneficiado de las ventajas y prebendas que les ha suministrado dicha alianza, si ha conseguido el respaldo social mayoritario, o ha sufrido un cierto olvido, en caso de inclinarse, equivocadamente para sus intereses, por la apuesta política que no obtuvo el respaldo de la mayoría. Aunque siempre ha existido una cierta conmiseración entre los líderes literarios o culturales de las opciones o grupos más sobresalientes, lo que no suele ser extensible a la sufrida tropa derrotada.
En definitiva, que en vez de empeñarnos, quienes formamos parte del mundo de la cultura, en establecer sinergias y aunar empeños, solemos gustar más de formar parte de banderías enfrentadas. Y así nos va. Los menos logran cuajar una obra que les dignifique y un nombre con el que ser reconocidos dentro del panorama de la letra impresa. La mayoría, por el contrario, jamás logrará vivir de su vocación y en muchos casos quedarán relegados a ser recordados si acaso por sus familiares y amigos como simples aficionados a la escritura, que cultivaron con más o menos esmero y fortuna, pero sin solución de continuidad o de trascendencia.
La humildad es una buena compañera de viaje, ya que nos recordará que somos muchos los que anhelamos ocupar el reducido espacio que dedican los diccionarios ilustrados y enciclopedias a la Historia de la Literatura.
Duro trabajo el de escritor. Como para que encima venga algún desalmado a recordarnos que somos los responsables de que se talen indiscriminadamente las pocas zonas verdes que nos quedan en este viejo y pobre planeta, que cualquier día nos va a estallar entre los dedos. Y que por añadidura esos toscos troncos, convertidos en delicado y suave papel, convenientemente cosido y encuadernado, con portadas llamativas, sólo sirvan par adornar las estanterías de nuestros hogares y despachos, que también suelen ser de madera, y ni siquiera lleguen a ese único lector que justificaría nuestra vocación literaria.
Aún no nos hemos dado cuenta de que somos parte de un negocio que disfrazado de ocio se convierte en objeto de compraventa.
Si al menos nos organizásemos, quizá lograríamos que se nos respetase como colectivo. Y tal vez, sólo tal vez, aunque nos tildasen de corporativistas, seríamos menos vanidosos y más prácticos.

Los Procónsules del Crispulato

El militar y político mejicano Porfirio Díaz (Oaxaca, 1930-París, 1915), que luchó primero contra las tropas francesas en Puebla y después contra las del emperador Maximiliano, llegó a promover también un movimiento de insurrección contra Juárez en primer lugar y posteriormente contra Lerdo de Tejada, quien pretendía ser reelegido. Una vez derrotado éste último, obtuvo la presidencia de la nación en 1876, que retuvo en los períodos 1877-1880 y 1884-1911. Su gobierno fue una dictadura bajo los auspicios del Partido Liberal, caracterizándose esta etapa de la historia mejicana por la influencia, que en muchos casos llegó a ser injerencia, francesa y norteamericana, tanto en su política interna como en sus relaciones exteriores. Tras sus reiteradas y larguísimas estancias en el poder, quiso ser reelegido, una vez más, en 1911, lo que provocó una insurrección popular que terminó con sus sueños de grandeza y le obligó a exiliarse en nuestro viejo continente. De esta manera acabó el porfiriato, denominación con la que han pasado a los libros de historia esos casi treinta y cinco años de control obsesivo del poder establecido. Después, la Revolución Mejicana terminaría pasando página e implantando la democracia en 1920, aunque el viejo militar no vivió para contarlo.
El modelo de dictadura “a la mejicana” tuvo después muchos imitadores que intentaron emular a Porfirio Díaz, aunque ninguno logró igualar su récord de permanencia. Uno de los empeñados en seguir la estela del porfiriato fue el dominicano Rafael Leónidas Trujillo (Villa de San Cristóbal, 1891-Ciudad Trujillo, 1961), quien siendo teniente de la Guardia Nacional en 1916, cuando se produjo el intervencionismo colonizador de Estados Unidos, inició una carrera meteórica que le llevaría a alcanzar el generalato en poco más de diez años (1927). A partir de entonces, más concretamente desde 1930 hasta su muerte, ostentó la presidencia de la República Dominicana o, en todo caso, tuvo un control omnímodo sobre el país, suspendiendo libertades, reprimiendo con brutalidad a los críticos u opositores, y confiscando ilegalmente, en provecho propio, las mejores fincas del país. Si bien es cierto que, como dijimos anteriormente, no superó a su colega mejicano, sí que logró inscribir sus años de dictadura con otro apelativo despectivo derivado de su apellido, el trujillato.
En nuestra historia reciente, hemos asistido a episodios que, por múltiples similitudes históricas y por curiosas anécdotas personales, nos han hecho recordar los episodios narrados con anterioridad.
Efectivamente, parece que los políticos del siglo XXI también son portadores del mismo virus de permanencia obsesiva en el desempeño de sus cargos, lo que les lleva a intentar “atornillarse” a sus poltronas, sin pudor alguno, hasta que son desalojados, en contra de su voluntad, por la fuerza de la razón o de los votos, que viene a ser lo mismo.
Este ejemplo de “afianzamiento obsesivo al poder” también cunde entre quienes, sin ser autores de relevancia política o social, se encargan de aplicar las directrices que marcan sus “jefes” o superiores, demostrando una aplicación y celo en dicho cometido que raya el paroxismo más absurdo, enfatizando soflamas y exagerando con soberbia los malos modos. Nos estamos refiriendo a los denominados procónsules, que, como ustedes saben, entre los romanos, eran los cónsules cuyos poderes resultaban prolongados durante un año; título que, en la época imperial, también poseían los gobernadores, aunque no hubiesen ejercido el consulado. Es decir, los procónsules vendrían a ser equiparables a los cargos que hoy llamamos políticos o de designación directa, tantas veces arbitaria, que ejecutan con mano de hierro, de manera fría y calculada, sin rechistar, las ideas de sus protectores, aunque se acerquen en extremo a la locura maquiavélica. Sin otra intención que la de agradar y servir. Para lo que hay que valer, no lo olvidemos.
Pero hete aquí que, si rodase la cabeza del filantrópico benefactor, si el motorista le entrega la temida carta al jefe, el procónsul debe optar entre el sacrificio solidario o, lo que suele ser más habitual, la maniobra de “anclaje” al sillón del despacho oficial. Para lo que se puede llegar a negar, si fuese preciso, cualquier afiliación, concordancia o afecto con el personaje receptor del cese fulminante, que pasa de ser su mentor, un padre amadísimo, a tornarse en un padrastro vomitivo al que repudiar. Lo que demuestra la gran versatilidad de sus afectos y cómo el ejercicio de un cargo, un empleo o un honor, indefectiblemente, imprime carácter, término que en el diccionario se encuentra muy próximo a carabritear, por un lado, y a caradura, por otro.
La conclusión que podemos esgrimir como colofón de esta peculiar reflexión estival es que ya no quedan dictadores como los viejos absolutistas de antes. Los de ahora son pésimas fotocopias desdibujadas, aunque empeñados en conseguir el mismo papel protagonista. Olvidan que lo que importa en estos tiempos no es tanto el hombre sino el “aparato”, los engranajes, el partido que tomamos o al que pertenecemos. Y todo está planificado para disponer de múltiples recambios por si hubiese que jubilar, o “aparcar” en un discreto despacho, al actor de pandereta que jamás puede ser considerado pilar fundacional de la idea sino, a lo sumo, simple chivo expiatorio de la mala conciencia colectiva. Porque en el colegio aprendimos que es preciso ceñirse al convenio pactado. Por eso, ahora, los procónsules del crispulato en activo, restos de nuestro particular periodo de obtusa dirección, padecen, como decía el poeta, el cerco del olvido atormentado y gimen sin oír al lado/ la voz segura de otras veces, entonando su canción como un verso malogrado. ¡Que beban de sus propias heces!

La tristeza de Críspulo

Mi hijo acaba de cumplir un año de vida en esta triste primavera que no deja de llover. Nos chorrea por dentro el alma y por fuera parece que las calles manifiesten su anhelo por borrar toda huella de los lacerantes acontecimientos acaecidos en las últimas semanas. Y no se hartan de lluvia regeneradora y fría. Tanta muerte y tanta lluvia no son presentes que yo habría querido que tuviese mi hijo en su primer aniversario entre nosotros. Pero hay algunos acontecimientos que se nos imponen aunque nunca deseásemos compartirlos.
Por otro lado, cabizbajo y meditabundo está un tal Críspulo, en extremo aficionado a los pináculos e inauguraciones (de obras mayores y menores, de pantanos y servicios, de sedes, fundaciones, contubernios y empresas varias), porque no encuentra evento alguno digno de su rango y “oficio” que llevarse a la boca, que mordisquear siquiera. Le queda apenas algo más de un año para culminar su carrera de funcionario gris, que tanto echará en falta cuando pase a la reserva y comience a percibir del erario público las treinta monedas que se ha ganado con denuedo, y ahora resulta que anda disgustado por un quítame allá ese look de los nuevos tiempos que corren y atrás le dejan. Es posible que espere alguna llamada importante porque le percibo más atento que antes al sonido de su móvil. Incluso le ha cambiado la sintonía, por si acaso. Todos los que tienen o aspiran a tener cierto nivel político o funcionarial esperan estos días una llamada que les alegre la vida y les depare un sólido porvenir, aunque sólo sea a medio plazo. Por cierto, qué nivel habrá consolidado Críspulo. ¿Será un veintisiete menesteroso? ¿Quizá un hábil veintiocho? ¿Podría aspirar a un excelso treinta por los quehaceres de fontanería y despiece institucional realizados con implacable precisión de experto en alcantarillas, desguaces y otros lodos? Qué curiosa manera de medir la categoría personal y profesional del funcionariado. ¡Con siete años más de permanencia aspiraré a un veinticinco, sólo es cuestión de tener paciencia! ¡He consolidado un veintisiete, pero no tengo trabajo ni despacho adecuado a mi perfil! ¡Haría lo que fuese por alcanzar un veintiocho, pero nadie se fija en mí! ¡Lo hice porque me prometieron un treinta!
Así pues, Críspulo, el pobre, anda cariacontecido y apesadumbrado porque no recibe una llamada redentora. En cambio, mi tristeza se debe a que Sonia, una bella e inteligente joven de veintinueve años, sigue jugándole una dura partida a la parca en la UCI del Gregorio Marañón, que está situada en la planta baja porque el único nivel que se puede alcanzar en ella es una mínima cota de vida. Ha pasado de estado crítico a muy grave. Dicen que eso es bueno. Pero no termina de consolidar un nivel aceptable de esperanza.
Y mientras tanto, un Críspulo cualquiera está deprimido porque la situación actual le impide seguir alimentando sus anhelos de grandeza y quizá no pueda consolidar un nivel más en su carrera laboral. ¡Porca miseria!
Como sostiene un viejo amigo, experto en “crispulear” a malvados y ladinos personajillos, “Hasta que el perro no muera hay peligro de rabia”.Y también: “Yo no soy así, me han hecho”.
Que cada uno vaya donde le corresponda. No seré yo quien sentencie a nadie a su propio destino. Pero que el que ofenda, sufra; que el que mienta, pague; que el que mate, pene; que los críspulos consoliden su tristeza. Pero, sobre todo, que Sonia regrese pronto a su casa y que nuestros hijos hereden un mundo mejor.
Mientras, sobre el asfalto de Madrid no deja de llover…

La importancia de llamarse Críspulo

No hace mucho, recibimos una carta que firmaba un tal Críspulo, sujeto oscuro, lacónico y leguleyo, quien no hace honor a la etimología de su nombre porque, de natural lacio, flojo y triste, no muestra crespitud alguna en sus gestos o esencia. Quizá por ello, el individuo en cuestión omite siempre firmar con su patronímico principal y se reconoce con mayor agrado en el secundario que adopta como único. Lo que nos demuestra la gran utilidad de tener varias onomásticas de las que echar mano cuando la necesidad o las circunstancias así lo requieran. Lástima que en el registro civil sólo permitan la inscripción de dos nombres propios como máximo.
Sacamos a colación al tal Críspulo porque en su misiva, que en otra ocasión analizaremos minuciosamente ya que no tiene desperdicio, censura con firmeza los hábitos culturales que nos llevan, de manera excesivamente preocupante, según él, a relacionarnos con poetas, escritores y personas afines.
Podemos entender que nuestra personalidad no sea del agrado de censores y demás personajes de talante autoritario y represivo o de perfil ideológico diferente al nuestro. Están en su derecho, al fin y al cabo, de tener un planteamiento estético determinado y una ética o moral distinta. Pero, hombre, Críspulo, qué le han hecho los pobres poetas y escritores para que tenga un concepto tan negativo de dichos colectivos, demonizando sin escrúpulos a quien mantiene una relación fluida y cordial con ellos. No desentierre usted, por Dios, los principios orgánicos de la implacable y denostada “santa” Inquisición, que ya fue convenientemente archivada en el triste intervalo histórico donde alcanzó su máximo esplendor la terrible e injustificable labor que desarrollaba. Deje que cada cual escriba lo que surja de su genio creativo y que los demás lo disfrutemos con fruición. No es menester que usted lea si no es de su agrado hacerlo. Pero no reproche a los pobres vates y otros habituales de la letra impresa que den testimonio del tiempo que nos ha correspondido vivir, que relativicen los problemas que nos agobian procurando arrancarnos una sonrisa de vez en cuando o, si fuese preciso, que transformen nuestra vacua alegría en llanto, para que no se nos apolillen los sentimientos y, lo que es más importante, que nos recuerden la necesidad de desarrollar la capacidad de autocrítica. No van a cambiar el mundo, ni tan siquiera el suyo, pero harán más llevadera y variada nuestra existencia. Y quién sabe, quizá termine encontrando, si intenta leerles, como hacen los políticos más sobresalientes y astutos, ese verso afilado con el que se le recuerde cuando ya no esté o descubra su mismísima historia reflejada en clave de cuento para deleite de quienes le conocieron y, por qué no, tal vez algún agudo crítico o estudioso escriba un ensayo sobre la importancia de llamarse Críspulo. De esta manera, al fin alguien dará la razón a sus padres por la brillante ocurrencia de otorgarle tan exclusivo nombre. Palabra de poeta.

Una historia cualquiera

A principios de los setenta me alejé del pueblo extremeño donde nací, dejando entre sus calles, patios y rincones los recuerdos de mi niñez. Allí quedaron las historias fantásticas que me hicieron soñar: reiterativos cuentos que me narraba mi abuela junto a la lumbre y con los que, sin darse cuenta, me transmitía los valores que a ella le inculcaron con historias parecidas.
Sí, jugué con el fuego y con la tierra, las cosechas marcaron los ciclos de aquellos primeros años y los animales eran también mis amigos. Viví en contacto con la Naturaleza y creo que hasta fui feliz en mi inocencia.
Pero, los campos de mi infancia no estuvieron sabiamente abonados ni albergaron la mejor simiente. La escuela era habitualmente un lugar inhóspito, duro y frío. No tuve a mi disposición una nutrida biblioteca en la que zambullir mi fantasía y ni siquiera fui inducido a la lectura. No obstante, cuando en los cajones de las cómodas y arcones familiares aparecían viejos libros de texto, volúmenes de relatos o deteriorados poemarios, a saber de qué docto antepasado, me deleitaba con ellos durante horas, descifrando la magia de las historias que me descubrían y, sobre todo, soñando despierto con los ficticios mundos reflejados en los dibujos y grabados que ilustraban aquellas publicaciones.
Después vino la marcha, el viaje, el desarraigo, la pérdida de mi contexto rural y el fascinante descubrimiento de los atractivos de la gran ciudad. Fueron demasiados cambios en tan breve lapso de tiempo.
Así conocí la soledad y la añoranza. Días excesivamente largos, interminables semanas que imponían un nuevo ritmo en mi vida. El desgajamiento que produjo la emigración me impulsaba a buscar el complemento de ese otro yo en el hermano imaginario.
Me refugié en la lectura como método para combatir el desconcierto. Devoraba historias, normalmente de acción, que me suministraba por unas pocas pesetas, quizá reales, la señora del puesto de los tebeos. Buscaba afanoso en los montones de novelas y cómics los títulos más sugerentes, los personajes con los que identificarme, la compañía de mis noches y de tediosos fines de semana.
La adolescencia me obsequió con la poesía. Lecturas obligadas me hicieron descubrir a Bécquer, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón, Alberti, Lorca, Miguel Hernández y tantos otros. Estos autores me surtían de nueva materia existencial, de renovados sueños.
El primer poemario que adquirí por gusto en la Cuesta de Moyano llevaba por título Poemas de la consumación. Aún lo conservo, desencuadernado y con las hojas oscurecidas por el tiempo, pero con el mismo poder de seducción que antaño:
“La memoria de un hombre está en sus besos. / Pero nunca es verdad memoria extinta. / Contar la vida por los besos dados / no es alegre. Pero más triste es darlos sin memoria. / Por lo que un hombre hizo cuenta el tiempo. / Hacer es vivir más, o haber vivido, / o ir a vivir. Quien muere vive, y dura”.
Tras Vicente Aleixandre aparecieron los hermanos Machado, a don Antonio le conocí bien, aunque don Manuel no dejó de sorprenderme:
“En medio del vaho / de flores y aroma / de tu carne suave, / duermen en el cuarto / todos los colores... / Sólo vela el rojo / carmín de tus labios”.
Reiteradas lecturas de estos autores me ayudaron a emborronar algunas libretas con poemas ripiosos y mal hilvanados, con los que descargaba mis desvaríos e intentaba transmitir a una niña con trenzas mis alocados sentimientos, la más ferviente pasión.
Años más tarde descubrí a Luis Cernuda y, desde entonces, permanece conmigo:
“Adolescente fui en días idénticos a nubes, / Cosa grácil, visible por penumbra y reflejo, / Y extraño es, si ese recuerdo busco, / Que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy”.
Posteriormente vinieron Claudio Rodríguez, vistiendo su blanca camisa de domingo recién planchada, Ángel González, con el olor a tierra mojada inundando sus versos, Baudelaire, adornado con espinosas flores, Rimbaud, pletórico de genio creativo y de orgullo, Pedro Salinas:
“¿Cómo me vas a explicar, / dí, la dicha de esta tarde, / si no sabemos por qué / fue, ni cómo, ni de qué / ha sido, / si es pura dicha de nada?
Benedetti me ayudó a descubrir el sexo sin pudores y me mostró la ofensiva intransigencia de los otros:
“Una mujer desnuda y en lo oscuro / tiene una claridad que nos alumbra / de modo que si ocurre un desconsuelo / un apagón o una noche sin luna / es conveniente y hasta imprescindible / tener a mano una mujer desnuda”.
También estuvieron presentes Hierro, Celaya, Blas de Otero, César Vallejo, Jaime Gil de Biedma, Caballero Bonald, Brines, Félix Grande y Bousoño, entre otros.
Todos ellos me influyeron notablemente. Bebí sus versos, sin saciarme nunca del todo. A ellos sigo recurriendo, porque su poesía es manantial de vida. He destilado su obra para obtener un néctar puro y vitalizador del que se nutre mi poesía actual. Aderezo bebida tan embriagadora con los tiernos brotes de tomillo y de romero que crecen entre los arbustos de la poesía más joven. Con ellos continúo creciendo.
Debo reconocer que la poesía ha marcado mi vida. Las numerosas y variadas lecturas que he enumerado me han formado como persona y como poeta. Pero, indiscutiblemente, la auténtica culpable de mi singladura poética jamás escribió un libro. Se limitaba a mezclar desobedientes cabritillos y lobos hambrientos con hábiles sastrecillos y bellas princesas prometidas. Y, como conclusión, siempre me preguntaba: “Nieto, ¿de qué eres, de oro o de plata? ¿De oro como el moro o de plata como la gata?” Mi abuela Inés era pura poesía. Ella, que nunca leyó un libro, se convirtió, por derecho propio, en un personaje fundamental de mi historia, en libro de cabecera, en manual de consulta obligada.