jueves, 10 de enero de 2008

Teatro: comunicación total

Podríamos definir el teatro como el arte de la palabra y de la expresión corporal, pero dejaríamos fuera múltiples matices que también caracterizan al denominado género dramático. Ya que el teatro es una representación del hombre y del mundo que nos engloba, un microcosmos en el que afloran experiencias, sentimientos y emociones que nos vinculan con la arquitectura que acoge este acto comunicativo y con los actores que dan vida a existencias imaginarias y ajenas, aunque tan vivas y, sobre todo, tan propias de cada uno de los espectadores, que nos parece estar observando el devenir de nuestra particular existencia.
El teatro es, por tanto, un modo de comunicar, una forma de poder reflejar nuestra poliédrica personalidad, de tan diferentes caras, con aristas y vértices, un contexto inigualable para reconocer las innumerables facetas y aspectos que nos definen.
Es cierto que existe otro tipo de teatro, espectáculos que cuentan historias, con la parafernalia teatral pero sin actores en escena –teatro de marionetas, de sombras, etc.– pero siempre hay un actor, un manipulador de la realidad, alguien que opera con las manos o con cualquier instrumento para recrear un mundo que puedan imaginar los espectadores.
Bien, una vez identificado al emisor, el actor o el manipulador, en su acepción más positiva, y el receptor, el espectador, el público, como destinatarios del mensaje, analicemos brevemente el contexto donde se realiza el proceso de la comunicación teatral: el teatro como lugar, como arquitectura comunicativa.
De modo esquemático, el teatro diferencia dos espacios, uno destinado al público y otro donde tiene lugar la representación. De esta manera, se establece una separación radical entre los sujetos que desean comunicarse, puesto que existen incluso barreras físicas que impiden la interconexión de unos y otros. El teatro clásico ha respetado, no sin cierta solemnidad, dicho apartamiento, justificando que cada uno debe ocupar el lugar que tiene asignado para mantener el equilibro de la representación. Y así ha ocurrido hasta que los directores y escenógrafos más innovadores han osado atreverse a enfrentarse al planteamiento canónico y algo caduco del teatro tradicional.
Tras las primeras experiencias que transgredieron las normas vetustas a las que hemos hecho referencia, la comunicación teatral cambia radicalmente, porque los personajes que ficcionan las historias imaginadas por el espectador se introducen en su espacio personal e íntimo, pudiendo llegar a vulnerar su propia independencia física y pudiéndole convertir, de facto, en sujeto actor del proceso comunicativo, en intérprete de esa obra que recrea el mundo imaginado por él, en emisor del mensaje, con lo que logran intercambiar roles y enriquecer la obra teatral, que así se transforma en un acto de comunicación total.
En definitiva, allá donde se encuentren dos sujetos que deseen comunicarse habrá teatro, porque podrán representar –normalmente es una dramatización–, la propia vida. Y si nos atrevemos a distanciarnos del personaje o personajes que habitualmente encarnamos, pasaremos de la mera actuación a la dirección de escena, es decir, a ser los artífices de la historia que imaginamos o de la que deseemos formar parte.
Por todo ello, cuando vemos anunciado un nuevo ciclo de teatro que se ha de desarrollar en un contexto aparentemente poco elitista: un centro de la tercera edad, un colegio mayor universitario o un centro cultural municipal, por ejemplo el Certamen de Teatro Clásico de Moratalaz, ya en su octava edición, que pretende fomentar y apoyar la actividad teatral de los grupos de teatro no profesionales, con escasos medios e imaginativas escenografías con las que logran involucrar al público y hacerles participar activamente en las diferentes obras representadas, con planteamientos vanguardistas, aunque sin alharacas y con escasa difusión mediática, podemos estar seguros de que el teatro, en contra de lo que vienen anunciando quienes vaticinan su fin irremediable, absorbido o anulado por las nuevas tecnologías, tiene más vigencia que nunca. Pues la magia teatral consiste en la convergencia de los sueños que alientan unos y viven otros. O quizá es al contrario. Poco importa el orden de factores.
Porque, en definitiva, el teatro nos da vida y la vida es puro teatro.

1 comentario:

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