viernes, 27 de febrero de 2009

Nada



A los niños de la guerra

Decía odiar la guerra,
aunque se había acostumbrado
al estallido de las bombas.
Perdió su niñez
entre los escombros de las ruinas,
con el temor de ser sepultada
por el silbido del infierno.
Necesitaba volar, huir,
alejarse de aquella locura
escondida en un suspiro
esperanzado del viento.
Su mirada me hablaba
de los abismos del amor,
con ojos impregnados
de una profunda tristeza.
Nada lo era todo.

¿Y tú qué quieres? —me dijo—.
Quiero el rocío de tu boca,
dulce manantial del que brotan
las aguas que beben mis tierras.
Quiero llenar mis velas
con la brisa exhalada por tu pecho.
Quiero todo y no te tengo,
Nada.

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