viernes, 27 de febrero de 2009

Niña del Buen Aire



El sofoco habitual de la noche sevillana
invita a pasear y adentrarse por el Aljarafe
en busca de una leve brisa, exhalada
en la pena de un Guadalquivir cautivo.
La Cartuja al fondo me deslumbra un instante,
como ciega el brillo de las gotas del rocío
exhibiéndose en su fresca desnudez.
Reclinado sobre el brocal del aljibe,
siento la atracción sarracena
de un embrujo en cuarto creciente,
reflejado en la negrura de las aguas.
Azulejea la fuente morisca,
fluye el agua por entre angostos caños,
arrullando aspidistras y azaleas.
Irrumpe el desgarro de una guitarra
acallando los sonidos de la noche;
arcos y columnas se precipitan
a la cálida luz de las farolas.
Pasos lentos, acompasadas palmas,
y quejíos roncos en la garganta.
Brazos arqueados acariciando el aire,
palpitante piel morena de Sevilla,
cautivador embrujo de marismas y olivares
derramado en un rostro trenzado con suspiros:
modelo de vírgenes de labios ardientes.
Siempre la esperé con angustiosa pesadumbre,
porque sin conocerla la amaba. Y con ella
sé que pierdo el corazón. La vida pierdo.

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