miércoles, 2 de diciembre de 2009

El poeta y la odalisca



Seguía sus huellas en la arena
dominado por la imprudencia
y sometido al poder de las mujeres.

Ella no era una joven
que ejerciese con mesura
su cruel misión: era tan atractiva
como extremadamente perversa.
Mas él habría rasgado por ella
el brillante satén de sus sentimientos
con el filo hiriente de la vergüenza.

Se ha escrito mucho sobre quienes
experimentan placer en el mal ajeno,
pero el refinado sadismo de aquella mujer
se acrecentaba con el dolor más intenso.
Nunca tuvo un gesto de amor piadoso.

El poeta terminó así por perder
la ilusión de alcanzarla.

En su camino de regreso,
con voz de cristal relataba
una conmovedora historia:
─Bailaba para el señor del harén,
envidiada por las demás esclavas.
Los rápidos movimientos de caderas
levantaban una brisa perfumada
que acariciaba el rostro del amante.
Con el mágico ondular de su vientre
exaltaba el deseo de su señor.
Gestos de ardiente sensualidad,
que encendían miradas
de inconfesables apetencias.

La blancura de la piel afloraba
bajo el torrente azabache
de su cabello.

Jamás hubo en la ciudad de Estambul
otra odalisca de semejante belleza.

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