miércoles, 2 de diciembre de 2009

Le di mis ojos



Por los abiertos caminos del aire,
bajo la gran luna del Sáhara,
las golondrinas cosían la noche
a una muralla de silencio.
Evocadores laberintos
de limoneros y laureles
refrescando sus hojas
en las acequias, sobre minúsculos
mosaicos bañados por las corrientes
perfumadas con los secretos de la sensualidad.
Una lluvia de siglos se perdía
entre la vegetación lujuriante
de aquel paraíso de jazmines y odaliscas.
En rosales trepadores temblaban
la poesía y el misterio encerrados
dentro de rosas blancas y amarillas.
El sueño se alejaba de los párpados
aquella Noche del Bien...

En otras tierras y bajo otros cielos,
en la orilla de un profundo misterio,
víctima del espejismo de los sedientos,
sentía en mi piel, clavada,
la mirada de aquella mujer...
Un fino velo ocultaba
el dibujo de su boca
─labios que sonreían
como la flor del melocotonero─.

La razón de mi existencia te busca
para poder recuperar la ilusión
perdida entre las rejas de tus dedos.
Mas si en tus brazos no encuentro ya calor...

Los tambores de la victoria
permanecieron silenciosos.

Soy un hombre más
perdido en esta tierra.
Las bestias me acosan esta noche.

Supe que sus ojos me esclavizarían
como las lágrimas de una virgen,
como las bailarinas de las leyendas.

Has retornado de nuevo a mi vida
para causarme un gran desasosiego.
Tras largos años de ausencias regresas
para encarnar al mismo personaje.
Rebrotan viejos sarmientos quebrados
que permanecían desde entonces inertes.
Heridas que había logrado cicatrizar.


Bajo aquella luna de seda
se agitaban con suavidad sus senos,
como pesadas dunas acariciadas
por una brisa primaveral.
Juntos iniciamos un viaje
hasta consumir, poco a poco,
el candil que iluminaba la noche,
para abrir las flores del amanecer.
Y yo le di mis ojos...

Pero la mujer es un ser muy voluble.
Ecos de pólvora y destellos de cimitarra
acabaron con la aventura
más extraordinaria del espíritu.
Brillaron alfanjes y gumías
con la violencia del silencio
para cortar las siete flores
mágicas de los genios.
Nada tan cruel como haber
alcanzado la eternidad
y no poder compartirla.

Cuán lejos me encontraba
de la tierra que abonaron mis mayores.
Y, sin embargo, qué cerca del cielo
que les despidió.

Busco un imposible,
no soy exigente.
Me basta con que tenga
ojos grandes de largas pestañas,
la piel blanca y suave
como bañada en leche,
diabólicas intenciones,
voluptuoso cuerpo,
que conozca el juego
del dominio y la sumisión,
y que posea una peculiaridad,
algo distinto, como si escondiese
la esencia oculta de la memoria.

Los palmerales sobre las dunas,
música bereber,
los olores del deseo,
chumberas con higos maduros
y las gotas de luz brillando
sobre su piel desnuda...

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