miércoles, 2 de diciembre de 2009

Luna de Oriente



Era furtiva y delgada
como una sombra felina;
parecía engendrar la quimera
de un perdido mundo de ilusión.
Mas la guadaña de su mirada
levantaba sirocos de desconfianza.
Sus pestañas eran negros
cuartos crecientes que enmarcaban
el cielo azabache de las pupilas,
como florecidos emblemas del Islam.
La gracia de sus veintitrés años
se manifestaba en la armonía
del joven cuerpo acariciado
por finas telas de Damasco.

Con ella florecieron los granados.

Pero una oculta tristeza
apagaba el murmullo de las hojas.
Un error del corazón
abrió las puertas del infierno.
Y aquel desmesurado querer
fue abatido en el cadalso.

El dolor de vivir con la soledad
secó la fuente del deseo.
Me dejó sabor a sangre en la boca
y algunos recuerdos que comparto
en silencio con la Luna.

Imaginé que era
uno de los escasos
lugares de este mundo
donde podría encontrar la felicidad,
pero el viento se llevó la esperanza
de un arrebatado amor intacto.

No en vano ella fue la única flor,
el único perfume de mi vida...

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