miércoles, 2 de diciembre de 2009

Tronchar una flor



Partir es vivir un deseo.
Conseguir llegar
sólo demuestra
que el tiempo nos ganó la partida,
obligándonos a morir lentamente.
La desesperanza es una fiel
compañera de viaje.
El presente se apaga para siempre
en el instante que dura un latido.
Revíveme —me decía—,
antes que mi mirada
tenga el reflejo de todas
las palabras al volar
por el fondo de tus ojos.
Revíveme —repetía—,
o sólo habrá pasado la vida.
La suerte no se puede elegir
cuando uno está muerto.
Y el tiempo,
eterno límite de la realidad,
nos devolverá del recuerdo
sin haber borrado
la última herida del alma.
El poeta es el viento
que se mece en las metáforas,
el caballo desbocado
que pisotea las palabras
y necesita que le quiebren
la voluntad, para no olvidar
la locura.
Es tan fácil arrancar una rosa,
tan difícil comenzar un viaje.
Descalzo.
Desnudo.

Consumaremos la magia de un pacto
porque la noche
lo embruja todo.
Sutiles llamas azules
arden en discursos
que nunca pronunciaremos.
Vendería el alma
por gritar su nombre,
por entrelazar los labios a su cintura.
Pero la soledad nos arranca los deseos
y el alba desvanece los conjuros.

Intuyo el miedo en tu piel.
La realidad sí existe, acaríciala,
te sorprenderá su delicada textura.

No somos nadie,
ni tan siquiera una sombra
reflejada en la memoria del espejo, nada.

¡Así es la vida!

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