lunes, 18 de julio de 2011

Suma poética en El Imparcial

 


La poesía como forma de vida

Volver la vida transparente a través de la poesía, en una suerte de vértigo bienaventurado, constituye un valiente ejercicio en un momento en el que las letras enmascaran al yo. Cantar a lo hecho y asumir la propia existencia con la ayuda del verso genera nuevos e imprevistos territorios que nunca decrecen, más bien al contrario. En Suma poética (1983-2007) (Madrid, Pigmalión, 2011) se ve cumplida la vida, fase a fase, del pacense Basilio Rodríguez Cañada, fuerza viva de nuestro panorama cultural hispánico y hacedor de inolvidables encuentros, cuya voz poética explica nada menos que el origen del conocimiento por los sentidos.
Para la voz poética a cuya evolución asistimos en esta intensa antología, lo que no es sensible o traducible por los sentidos en términos de sensación es incognoscible. Rodríguez Cañada busca las fronteras del saber y las encuentra en la capacidad de sentir y de transformar espacios a través, fundamentalmente, de tres procesos de elaboración sensitiva: el de la imaginación, el de la memoria y el del amor y el erotismo (un solo territorio en la obra del autor de A la luz de las palabras). Parece que fuera de estos campos, todo es confuso, opinable y dudoso, y que la poesía viene precisamente a subrayar el compromiso con la exploración ética e ideológica y a clarificar la existencia de lo ambiguo: “La palabra interminable / buscó espacios abiertos, / ebria de angostas resonancias. / Atravesó mapas de cielos, / para dibujar los trazos de tu voz / en azulados silencios estelares.”
En la mayoría de su producción poética, la preocupación principal de Rodríguez Cañada descansa en la búsqueda de la belleza por medio de la palabra, siempre conciliadora y acreedora de eternidades: “En armoniosa conjunción / con el fluir de lo eterno, / te zambulles en mi realidad, incitándome / a abandonarlo todo para seguirte.” La osadía de plantear la capacidad generadora de una Galatea que alivie de la agresiva cotidianidad, esos “monótonos latidos de vida”, tan sólo con el poder del deseo, vertebra muchas de las composiciones y contagia al lector de la esperanza que tantas veces se le arrebata por una sociedad tecnológica que castiga la benéfica capacidad de ensoñación que poseen las humanidades: “puedes desear y alcanzarás cuanto desees, / puedes soñar y se harán realidad los sueños, / puedes amarme y hacerme enloquecer de amor. / Puedes creer y será cierto.” El fogoso arrebato poético del vate extremeño, de forma viral invade y reconforta y recuerda que el tránsito por esta vida es breve y que es un regalo que no debe malbaratarse bajo ningún concepto.
Aristóteles definió a la poesía como la imitación bella de la naturaleza y Platón la hacía consistir en el entusiasmo, comparando al poeta con las bacantes. Afortunadamente hay mucho de alma femenina lúbrica y ebria del gozo consciente de estar vivo en los libros poéticos de Rodríguez Cañada, al igual que de esa búsqueda de las formas de lo bello. Francis Bacon, el autor de El avance del conocimiento (que salió a la luz en 1605, año de la publicación del Quijote), buscaba a la poesía en la imaginación y decía de ella que imita a la Naturaleza, pero convocando a seres que no se hallan reunidos en ella. Ciertamente el ideal atraviesa la Suma poética, pero el poeta va más allá de las propuestas de Bacon y apuesta firme por cumplir con sus expectativas, no renunciando jamás al conformismo de la inacción, sino tomando un papel protagonista en las páginas de su existencia.
La poesía no depende como creen muchos del lenguaje ni del estilo, sino del fondo, está en la idea misma, en el modo de concebir y de sentir; su campo de acción es mucho mayor que el de la ciencia, porque el poeta puede llegar con su imaginación creadora a donde la ciencia no ha logrado alcanzar. Un hecho o una idea, ya sea real o irreal, puede entrar en el dominio de la poesía: basta que sea capaz de interesar a la imaginación y al sentimiento: sólo en donde exista belleza, aunque sea únicamente recuerdo del tiempo perdido o de lo que no nos atrevimos a hacer, podrá el poeta encontrar ocasión de celebrarla a través de los versos. Su objeto no es otro que el causar el placer puro de la belleza, algo que experimenta con plenitud el lector de esta Suma poética, aunque también instruye y arroja una visión ética del devenir humano, porque la verdad de la ética es inseparable de la verdadera belleza: “Queríamos adentrarnos / en un mundo irreal, / era necesario fabular para sentirnos vivos, / probar el miedo de las invenciones, (…)”.
La fuente diaria de la práctica, lo que algunos denominan la mundología, le sirvió a Locke para formular su teoría de la reflexión, a Hume la de la asociación y a Spencer la de la evolución, sin recurrir a la lírica, olvido frecuente de la filosofía si excluimos a los pensadores de la Antigua Grecia o a algunos contemporáneos como María Zambrano. Para Boileau la poesía debía ser más verdadera que la historia y que la ciencia misma, pues posee la verdad de la belleza; prescindir de ella ennegrece la existencia.
Quienes insisten en la absoluta inutilidad de la poesía para los fines inmediatos del vivir, indiferentes al canto de Erato, desconocen que si no hubiera ésta cantado ni inspirado a los poetas, su trabajo de laboriosa y ahorrativa hormiga se hubiera visto empañado por la melancolía y la abulia de un mundo en el que la sensibilidad creativa se considera cada vez más una debilidad. Pero esa experiencia que de tan pedestres colores viste la mayoría, también posee valor de conocimiento natural y de verdad para el poeta, que expresa un deseo, un anhelo que le haga regresar, a través de las segundas oportunidades, a los mejores tiempos del amor: “Los mozos se visten de paseo, / las pitarras contagian su alegría, / huele a besos de ventanas / y el camino se llena de estrellas. / Callado y paciente aguardo en el portal / tu regreso definitivo a mi vida.”
En su magna obra poética, Basilio Rodríguez Cañada, nos recuerda que la escritura y la vida vienen a ser lo mismo. El estío abre una ventana a la lectura reposada y reconfortante de esta sólida recopilación que al lector, en más de un sentido, le resultará extraordinariamente familiar… por la sencilla razón de que sus palabras se alimentan de la fuente de la misma vida.

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